Sábado 25 de Mayo de 2013
Carlos Chaverra
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Me sorprendió conocer que venía de Suráfrica y que luego de un largo periplo por países lejanos, venía a Colombia a probar fortuna en su profesión.

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“Bájale al tonito” solía decirme mi madre cuando mi respuesta  tendía a salirse de línea y no podía contener la exasperación propia de mis años adolecentes. Por supuesto eran otras épocas, donde aquello de alzar la voz a un adulto y en especial a un padre se consideraba un acto no solo de descortesía, sino de abierto cuestionamiento a la autoridad.

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“Desde ahora quiero que me llame Señor Hans”, me dice con su voz de adulto pero con palabras de niño. Me pregunto qué estará pasando por su cabeza y porqué le habrá dado por añadirle el “Señor” a su nombre  ante la cercanía de su cumpleaños. Seguramente hay algo que le dice que a los 50 ya es una persona grande y por lo tanto se hace necesario el apelativo.

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Cuando vi la famosa pancarta que ponía frente a frente a Pablo Escobar e Iván Márquez y su mensaje de invitarnos a hacer un “conteo” de cuántos muertos había puesto cada uno en esta interminable saga de violencia,  me vino a mi mente mi profesor de Hacienda Pública.

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La pareja tenía más de 80 años. Estaban allí sentados frente al periodista que los entrevistaba, cogidos de la mano. Cada vez que alguno tomaba la palabra el otro lo miraba con respeto, admiración y cariño.

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La primera vez qua asistí a una de asamblea de una compañía fue hace más de 25 años. En el área en que trabajaba éramos responsables de  la parte económica del documento del informe a los accionistas. Recuerdo que previo a entregar el informe al Presidente del Banco para su aprobación, mis jefes entraban en franco estrés, ansiedad que en principio me parecía desmedida.

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Me tocó ver el Habemus Papa en la sala de espera de un aeropuerto. Ya en la tarde había mucha gente regresando a sus ciudades y los televisores mostraban una plaza de San Pedro abarrotada de público, avisado por el humo blanco que anunciaba que los cardenales habían llegado a una decisión.

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En el puro centro de las torres del Kismet había un parque que, aunque pequeño, era suficiente para que los niños y jóvenes salieran a jugar y compartir. Era la época en la cual no había la distracción de Internet, facebook o X-box, lo que obligaba a que las amistades debían ser en “vivo y en directo”.

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