Publicado por: Carlos Chaverra
“La tormenta perfecta” tituló la revista Semana la portada de su ultima edición. En su artículo central habla del ambiente enrarecido que se presenta para el presidente Santos. Aparentemente se le ha juntado todo lo que ha podido ir mal al mismo tiempo. ¿Quién iba a pensar que un sector tan tradicionalmente consentido como el cafetero, iba a incoar una semana de turbulentas manifestaciones en todo el país?
Las “tormentas” no solo se limitan a nuestra querida Colombia. El gobierno venezolano está en el ojo del huracán por su ambivalencia al explicar el estado de salud de su primer mandatario, mientras salen voces que afirman que el presidente Chávez está lejos de poder ejercer sus funciones. En España nada que escampa. Al frente económico le llega el agua hasta el cuello y el nubarrón gris del desempleo se mantiene. Mientras tanto, el partido de gobierno anda enredado en problemas de pagos aparentemente mal habidos a sus principales miembros. Hasta la monarquía está en entredicho por culpa del yerno del Rey y otras lluvias. Se inicia en el Vaticano un histórico cónclave con el cual se espera que amaine el aguacero generado por la renuncia de Benedicto XVI, que dejó de ser Papa para convertirse en “un simple peregrino”.
Y bueno…no es fácil encontrar escampadero si a todo este entorno le añadimos las preocupaciones personales, laborales o familiares, esas “propias tormentas” que todos vivimos. Lo malo de estar en estas situaciones es que en nuestro esfuerzo para que salga el sol cogemos caminos que contribuyen a que difícilmente escampe. Así, por ejemplo, lo que se hace por defender sus derechos como lo pretendía ser la marcha cafetera, termina en el bloqueo de vías y otros desmanes que perjudican la libre movilidad de otros ciudadanos. Esto sin contar que otros grupos aprovechen el despelote para avanzar sus propias agendas. Es aquí donde nosotros mismos vamos generando que la tormenta se acompañe de truenos y relámpagos.
Entramos así en el círculo perverso de que nuestras dificultades sólo las podemos resolver haciendo que otros se ahoguen. Caemos entonces en el vicio de ver la paja en el ojo ajeno o nos dejamos llevar por la ley del talión o nos convertimos en instrumentos utilizados por otros. Ojalá nos animemos a ser parte de la solución y no del problema. Si no, difícil será que escampe.









