Publicado por: Carlos Chaverra
“No sea igualado”, es la expresión que a veces oímos cuando la persona no considera digno dar respuesta a la contraparte. El “igualado” tiene su toquecito despectivo y por lo general va acompañado de un tono fuerte expresando incredulidad ante el atrevimiento del interlocutor. También nos referimos a “no ser igualados” cuando nos sentimos incapaces o no queremos entrar en el terreno de emplear los mismos términos que en un momento determinado esté usando la persona con la que nos estamos interrelacionando. Nos abstenemos de ello para evitar la tentación de caer en una especie de ley del talión verbal, ya que lo que nos están diciendo es tan traído de los cabellos (o acomodado) que no amerita una respuesta.
Por estos días se ha debatido cuál debe ser la respuesta apropiada para dar al presidente de Venezuela ante las acusaciones formuladas al ex presidente Uribe. El gobierno ha dicho que no quiere “igualarse” en tono y estilo y que prefiere usar los canales diplomáticos. ¿Cómo contestar este tipo de comportamientos que siempre siguen un patrón común? En efecto, primero viene la etapa que se inicia con una especie de matoneo verbal, en el que se lanzan toda clase de insultos. Luego viene la etapa de víctima. Allí se lanzan las acusaciones en donde se dice que se tienen las pruebas de siniestras intenciones (aunque curiosamente nunca se presentan). Se dejan los argumentos como diciendo “a buen entendedor pocas palabras”. Luego el ofendido declara que no obstante el peligro seguirá adelante porque su causa, al contrario de la de su contradictor, sí es noble. ¿Mayor vehemencia? ¿Mostrar una posición más “frentera”? ¿O “pasar de agache? Lo cierto es que en este caso sí hay una posición de dignidad y decoro que se debe tomar sin dejarnos caer en la tentación de “igualarnos” por el solo hecho de sacar dividendos políticos. Ah difícil labor.
Reflexiono que esto de la” igualada “nos sucede a todos en distintos ámbitos de la vida más de lo que quisiéramos. ¿Cómo combatirla? Escuchar más y hablar menos? ¿Sazonar nuestras respuestas con la sal de la paciencia? ¿Responder al mal con bien? ¿Mirar menos la paja en el ojo ajeno? Por ahora creo que si logramos domar en algo nuestro orgullo, habremos dado un buen paso.









