Publicado por: Carlos Chaverra
En distintos deportes existen tradiciones dirigidas a distinguir y a honrar a un equipo campeón o a reconocer a un deportista que se haya destacado. Así tenemos que en el baloncesto, el campeón recorta las mallas de la cesta, en el futbol se da la consabida vuelta olímpica o se junta a todos los jugadores para lanzar por los aires al entrenador. En el atletismo existe la foto al lado del gigante reloj digital que marca el récord mundial alcanzado.
Los americanos en béisbol, fútbol y otros deportes eligen cada temporada al jugador más valioso y tienen algo que se llama el salón de la fama, en donde un grupo de especialistas eligen al deportista que se haya destacado en su carrera; en algunos casos el equipo decide retirar el número de la camiseta de un jugador para honrar su desempeño.
Pero un gesto que llama la atención es cuando un colega honra a otro. Esto ocurrió el domingo pasado cuando el Atlético de Madrid le hizo el pasillo al Barcelona en reconocimiento por el campeonato de la liga española. En vez de salir en fila al campo de juego como usualmente se acostumbra, los jugadores del Atlético armaron una calle de honor (un pasillo) por donde entre aplausos y felicitaciones del contrincante, el Barcelona saltó a la gramilla. Tiene mucho de nobleza reconocer el triunfo ajeno, en especial después de una dura contienda deportiva y el pasillo es un gesto simbólico de ello.
Me puse a pensar a quién me gustaría armarle un pasillo. ¿Qué tal un pasillo a los negociadores de La Habana por firmar el acuerdo? (Vana ilusión dirían algunos). O un pasillo a los ex presidentes para que haya fair play en sus debates. O ¿qué tal conformar un pasillo bien largo en el Congreso celebrando que nuestros representantes han ejercido noblemente su cargo? ¿Por qué no tener un pasillo a aquellos que están volviendo al campo porque están siendo restituidas sus tierras?
Un examen a las noticias diarias nos desanima y encontramos que todo pasillo tiene su talanquera.
De pronto como al deportista, nos toca pasar más tiempo entrenando, reconociendo que las victorias duraderas cuestan. Quizás aún no hemos identificado aquel valor supremo que merezca nuestros esfuerzos sin condiciones. O…. ¿no será que tal vez nos la pasamos más tiempo anhelando que otros nos armen pasillo?









