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Mar Sep 26 2017
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Martes 01 de Agosto de 2017 - 12:01 AM

De sueños y realidades

Columnista: Carlos Gómez

Visité hace unos días San Vicente del Caguán, un pueblo entrañable donde la belleza es desmesurada y el “verde de todos los colores”. Muchos colombianos lo recuerdan con prejuicios, pocos lo han visitado;un lugar más de la Colombia profunda que se nombra pero no se entiende, se desdeña sin siquiera conocer su historia. Hablé con mucha gente, algunos viejos amigos con quienes podía hacerlo en confianza, visité la ruralidad profunda y, felizmente, pude ingresar al Punto de Transición y Normalización de Miravalle, en Las Morras, sobre el Río Pato –lugar histórico de las Farc, donde se concentran los excombatientes de la Teófilo Forero.

En San Vicente bulle la vida, se cuela por todos los resquicios, aflora en medio del dolor y aparece tímida también en la barbarie. Viví allá en épocas de la “Distensión” y ahora regresé, muchos años después, a un pueblo que ha crecido impresionantemente, donde los negocios y pequeñas empresas pululan. Obviamente encontré diversas posiciones, unas más recalcitrantes que otras; la polarización del país también se siente, hay incertidumbre, temores y esperanzas. El común denominador: que el proceso funcione, que se consolide la paz, se respete la vida y la libertad, y terminen para siempre las odiosas “contribuciones voluntarias” o “vacunas” de ingrata memoria en el Caquetá.

Pero, más allá de si se está o no de acuerdo con el Proceso y con sus implementaciones, sorprende hablar con los campesinos que viven en lugares donde las Farc se señorearon e impusieron su ley en el pasado. Ellos, como nadie, los sufrieron, obedecieron, amaron u odiaron. Muchos de sus hijos, especialmente los varones, fueron enlistados, los viejos, las mujeres, los niños estuvieron entre dos fuegos y aprendieron, como muchos colombianos, a sobrevivir en medio del conflicto sin sentirse parte de ninguno de los grupos.

¿Qué quiere para sus hijos?,pregunté a unos y otros. Su respuesta: “Que puedan ser profesionales, vivir bien, con oportunidades”. Inevitable mirar las escuelitas de la región: pobre educación para los pobres. ¿Hay futuro? Así, ninguno. Sin buena educación no habrá paz. Podemos callar los fusiles, pero si no desarmamos los acicates del conflicto, poco se logrará. La mala educación, la pobreza, y la imposibilidad de soñar son duras realidades que siempre crearán condiciones para la violencia. Mientras: el Estado ausente e indolente.

Autor:
Carlos Gómez
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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