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Martes 15 de Agosto de 2017 - 12:01 AM

Transformers

Columnista: Carlos Gómez

Escuché decir alguna vez a un viejo profundo y lleno de sabiduría: “hay cuatro personalidades fanáticas, hipócritas y oportunistas: los políticos redimidos, los conversos religiosos dueños de Dios y la Verdad, los ex-borrachos aconductados y los revolucionarios devenidos en extremistas de derecha”.

Explicaba, seguidamente: los políticos, porque jamás reconocen su pasado incompetente y ahora se creen iluminados poseedores de fórmulas que jamás encontraron cuando gobernaron; los neorreligiosos reformados, porque encuentran en quienes no son de su grupo al mismo Satanás del que en el pasado disfrutaron con tanto gusto y, por tanto, los demás son solo vulgares pecadores; los abstemios transmutados, quienes piensan que nadie puede disfrutar de un buen vino porque caminan sin remedio al alcoholismo; y los revolucionarios transfigurados, porque aflora en ellos terror a cualquier atisbo de cambio y temen a alguien que piense en asuntos ‘proscritos y censurables’, como la justicia social, los cambios democráticos o la equidad.

¡Qué razón tenía Séneca!: “El que no quiera vivir sino entre justos, viva en el desierto”; o el refrán, “ni tan cerca al santo que lo queme, ni tan lejos que no lo alumbre”. Tales especímenes vemos frecuentemente. No se trata de permanecer en la mediocridad para sentirse bien, pero tampoco pensar que solo una posición antagónica o vergonzante de lo vivido es el único camino a la salvación. Me parecen esquizofrénicos los que dan tales saltos de trapecista. Indudablemente que todos por el camino intentamos mejorar: purificamos intenciones, cambiamos opiniones, dejamos vicios, evolucionamos hacia posiciones más conciliadoras, transformamos hábitos; otra cosa es renegar absolutamente de lo vivido o, peor, sentirse perfectos o con derecho a señalar con el dedo a los demás por haber llegado a estadios de vida donde se creen mejores, éticos, y vencedores del mal.

Cuando escuchamos las ahora ‘lapidarias y señaladoras’ frases de “Popeye”, las ‘posiciones revisadas’ de Pastrana, las ‘maromas intelectuales’ de Plinio Apuleyo, las ‘llamadas a la conversión’ de Garavito y los ‘sermones moralistas’ de Lucio, se siente escozor.

Claro, pueden pensar lo que quieran y vivir los nuevos caminos salvadores; no obstante, creo, que poca autoridad moral tienen para señalar y condenar a quienes viven una vida normalita y ecuánime, sin arranques moralizadores para dividir a la humanidad en dos: los de mi bando, y los perversos “otros”.

Autor:
Carlos Gómez
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