Publicado por: Christiane Lelievre
En el esquema tradicional de parejas heterosexuales, anterior a las conquistas feministas, el hombre es el proveedor que aporta el sustento de su mujer y su descendencia cuando la hay, “como Dios manda”; mientras que la mujer es la reproductora, cuidadora de la prole y los ancianos de la familia. Este modelo ha podido funcionar durante siglos, en contextos ya obsoletos.
La crítica que hace la columnista Diana Giraldo (“La violencia no es chistosa”) a la recién estrenada novela de RCN “Amo de casa”, incita a la reflexión. La autora explica que algunas situaciones constituyen “una especie de violencia pasiva contra la mujer” en su forma de reproducir “estereotipos femeninos que generan subvaloración e irrespeto por la mujer…” encasillada en sus roles de esposas, cocineras y sirvientas de hijos y maridos; peor aún si son gordas o no “ejecutivas”. Este desprecio acompañado de malos tratos se presenta en forma de burla y debe resultar cómico.
El mensaje incluido es que el hombre puede tratar a “su” mujer como le da la gana porque es él “el de la plata” y que ella “no trabaja”, o sea que no devenga salario ni realiza actividad alguna que aporte dinero. Esto es una forma, que se creía arcaica, de ignorar o menospreciar el trabajo doméstico y cuidado de niños y ancianos.
Con la persistencia de esta mentalidad que da un poder casi absoluto al que gana y maneja dinero, es imprudente la decisión de algunas mujeres de desandar los caminos de la evolución de los roles en las familias y las relaciones de parejas; esta irreversible evolución desdibuja la estricta separación de roles, para ganancia de todos y todas en seguridad y autonomía. Ya pasaron los tiempos de roles estrictamente delineados entre hombres colectores y cazadores y hembras reproductoras y cuidadoras del hogar, enteramente dependientes de sus proveedores-protectores y dueños. Época en la que estos roles eran plenamente reconocidos y valorados como necesarios y complementarios.









