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Jueves 08 de Diciembre de 2011 - 09:03 AM

Invasión China

Columnista: Christiane Lelievre

No soy historiadora para hacer una crónica de las invasiones chinas en el transcurso de la historia universal; tampoco soy economista. Soy una mujer observadora de lo cotidiano, compradora más que vendedora y que le gusta hacer – y recibir – regalos; extranjera radicada desde hace 35 años en Colombia, no he perdido el contacto con mis raíces europeas y mis familiares que siguen en Francia.
En Colombia, busco y compro regalos “para los de Francia” y en Francia, hago lo mismo “para los de Colombia”. Últimamente, todos de lado y lado terminan recibiendo un objeto o una ropa “made in China”; sólo la comida se salva: el arequipe hecho y comprado en Floridablanca, las muestras de dulces compradas en las calles de Cartagena y las chocolatinas y galletas emblemáticas de las loncheras tradicionales todavía fabricadas en Colombia.
Treinta años atrás, cuando mi madre venía de visita a Colombia, se negaba rotundamente a comprar en San Andresito y se rehusaba a entender siquiera su existencia. Quería que los regalos para sus nietos franceses fuesen colombianos; les compraba camisetas, buzos y pantalones de muy buena calidad que tuvieron tanto éxito que los nietos ya adultos recuerdan todavía. Ahora, yo intento hacer lo mismo con la descendencia de estos nietos, y hago la trampa de quitar las etiquetas para que no se den cuenta de que el regalo de la tía de Colombia fue hecho en la China… igual que el regalo de otra tía francesa. Y, el año pasado me dio vergüenza ajena, traer “souvenirs” comprados en el corazón turístico de París marcados “made in China”.
Lo que ha cambiado es que hoy, en general, estos productos son de calidad competitiva. Pasó la época de las muy baratas camisetas chinas que no resistían a más de tres lavadas, confirmando la afirmación que “lo barato sale caro”. Los fabricantes chinos aprovecharon los aprendizajes que tuvieron tiempo de hacer cuando trabajaban en modalidad de “maquila” para multinacionales y marcas famosas.  Ahora crearon sus propias marcas y productos con estándares de calidad y precios competitivos. Lo único que no crearon son condiciones de trabajo dignas y justas para la gran masa de los trabajadores rasos. No todos son profesionales calificados de Huawei y en la competencia capitalista los precios bajos se combinan con  explotación e inseguridad laboral y negación de derechos sociales y económicos.

Autor:
Christiane Lelievre
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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