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Donaldo Ortiz Latorre
Lunes 25 de marzo de 2013 - 12:00 AM

El cuento de Borges y la realidad

Publicado por: Donaldo Ortiz Latorre

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Está escrito en primera persona. El narrador es Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, de un pueblo de esta región que fue sometido y avasallado por los conquistadores españoles. Su jefe, Pedro de Alvarado, arrasó con todo, quemó el templo, torturó hasta el martirio a Tzinacán sin lograr quebrarlo. Lo arrojó entonces a una cárcel profunda y de piedra. Está dividida en dos hemisferios: en uno yace Tzinacán, en el otro se pasea un jaguar. El preso ve la luz sólo una vez al día, un instante, cuando se abre una trampa por la que le bajan comida para el animal y para él. Pasan los años, el preso envejece y se debilita: espera la muerte. De pronto, recuerda una tradición “del dios”, su dios. La divinidad dejó escrita una fórmula secreta para cuando llegue el fin de los tiempos y ocurra una terrible serie de desventuras y males. Esa fórmula será captada por un elegido y le posibilitará conjurar todos los males. Tzinacán consagra su existencia a pensar dónde estará escrita, urdida para mantenerse visible durante siglos, perenne para que la descifre el elegido. Le insume años y sufrimientos... De pronto entiende que la escritura indeleble está impresa, en clave, en la piel de los jaguares. Observa al jaguar hasta aprender de memoria el dibujo de su piel. La búsqueda termina siendo exitosa. Da con la cifra, tras mucho tiempo y padeceres. Es una fórmula oculta en catorce palabras “aparentemente casuales”. Quien la pronuncie en voz alta será todopoderoso, dominará toda la inmensidad del universo. Podría recuperar su juventud, su poder, conseguir que el jaguar despedazara a Alvarado, clavar su cuchillo sacerdotal en el cuerpo de los españoles.

Entonces, cuenta el mago, decide no hacerlo jamás.Y, según Borges, explica: “quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras aunque ese hombre sea él…”.

Aquí,  se fustiga a las cigarras mientras enaltece a las hormigas (o viceversa, que tanto da). Así es la vida, lo importante deja de ser importante y los que aspiran al poder todavía no descifran el lenguaje que los hará poderosos porque no lo somos ni lo seremos. Eso hay que saberlo. Dejemos de buscar lo imposible para que todo sea posible.  La paz  o la guerra deberían dejar de ser el dilema. Solo la paz y no la desdicha,  no a la muerte.

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