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Lunes 21 de Agosto de 2017 - 12:01 AM

Los tres sacristanes

Columnista: Donaldo Ortiz Latorre

La corrupción anda como una peste en Colombia. Ciertamente tiene muchas causas, pero una de las más notorias es la elección popular de gobernadores y alcaldes. La otra, la reelección presidencial. Ya lo dijo Perón: “Bastaría observar lo que sucede en los países en que tal inmediata reelección es constitucional. No hay recurso al que no se acuda, lícito o ilícito; es una escuela de fraude e incitación de la violencia, como asimismo es una tentación a la acción política del gobierno y los funcionarios […] En mi concepto, la reelección sería un enorme peligro para el futuro político de la República”. Igual, el mismo Perón, y otros más, pisotearon estas palabras con el cuentico de salvar la patria, pero fueron sus ambiciones y no la democracia las que les interesó satisfacer.

La corrupción en Colombia se disparó desde el articulito y continuó de manera desaforada en el actual gobierno. Detrás del ambicioso fiscal, detrás de su humor negro heredado del padre, corre sangre de poder, y más allá, detrás de su aspiración a llegar al cargo de fiscal general, aparecen los tres sacristanes que hoy están, gracias a los Estados Unidos, señalados de direccionar procesos a cambio de dinero: Francisco Ricaurte, Leónidas Bustos y Camilo Tarquino. Estos flamantes exmagistrados resultaron ser amigos y socios del fiscal anticorrupción Gustavo Moreno. Todos juntos y cobrando. El fiscal general no se puso ni colorado, ni explicó cómo llegó a ese cargo tan importante Gustavo Moreno, personaje tenebroso que volvió narcotraficante a una abuela enferma. ¿De la mano de quién llegó? ¿No sería con la ayuda de sus sacristanes bendecidos con fortunas y dignidades mal habidas que conocían sus mañas y las compartían?

La corrupción se extendió como la pólvora por todas las instituciones. Desde los partidos, movimientos, iglesias, empresa privada, instituciones, la Policía, o el Ejército donde cobran ascensos, a la magna Justicia que tiene podrida sus columnas. Ella, con los expresidentes de las altas cortes y su red de poder entre la Justicia y el Gobierno, han permitido no solamente la pérdida de confianza en la justicia, sino que nos obligan, como dijo Neruda, a pedir castigo:

“No los quiero de embajadores, tampoco en su casa tranquilos…, Quiero castigo”.

Autor:
Donaldo Ortiz Latorre
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