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Lunes 26 de Diciembre de 2011 - 12:01 AM

El comedor

Columnista: Donaldo Ortiz Latorre

Los días son lentos por ahora en nuestra ciudad, esa bella en la que una vez soñamos y viviremos hasta que nos toque pasar al otro barrio, pero mientras tanto, mientras eso sucede, seguiremos caminando y disfrutando de ese atardecer que tiene Bucaramanga (lo poco que le queda), elogiado por Porfirio Barba Jacob, que como gitano que era, pasó por aquí, lo elogió y además, recomendó, que a los niños deberían sacarlos a ver el atardecer esplendoroso que tenemos y que por estar en otros asuntos los dejamos pasar y de apreciar. Atardeceres y amaneceres a los que ya no les apuntamos entre tanta congestión e inseguridad. Sabemos que hay vida para todos y por supuesto para ti ahora que estamos en Navidad escuchando música nostálgica, mientras pasamos la fiesta donde Carmen Cecilia, que es una especie de Mamá Grande, un faro que atrae la familia, donde llegan los parientes a saludarla y a contar historias que nos ponen a soñar a todos entre risas. La Navidad es una fiesta jodida si uno está solo (aunque, S. José, dice que con un vodka y películas de Woody Allen se pasa al otro lado)


A las doce como siempre se dispara la alegría y el cielo enloquecido por los fuegos artificiales que no hacen caso a las autoridades que luchan con razón, aunque resulte vano contra la tradición. La gente brinda, otros no lo hacen porque no están en la vida cómodos como aquel señor que vi cerrando un portón con llave que caminaba irregular y devastado, en medio de la calle entre los cohetes estallando en el cielo generoso, caminaba solo a las doce en punto de la noche. Solo. Ahí pensé que hay navidades que realmente son ajenas a muchos seres humanos que no le apuestan porque su horizonte está oscuro y triste o con una vocación solemne. Todo en estas fiestas está en el comedor, ahí está el éxito, no en la profesión, es la familia que protege. Romper esto es una caída sin freno y se llega a la incertidumbre.


La Navidad entorno a la mesa es profunda y emocionante porque nos mezclamos y de esa mezcla sale la alegría, la verdadera alegría y parecemos así, menos vulnerables. Sabores desconocidos y conocidos no dan la "sal de la vida", nos embarga entonces una especie de reconocimiento hacia las manos que cocinan, que son sagradas y benditas. Pagana o no, la Nochebuena se repite y recuerda lo alegre de la vida. Del encuentro, de reposo al andariego.

Autor:
Donaldo Ortiz Latorre
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