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Martes 08 de Noviembre de 2011 - 12:01 AM

Carta a Roberto Harker Valdivieso

Columnista: Edmundo Gavassa Villamizar

Noble y buen señor: Ahora que estás apartado del ruido, de la polución que nos asfixia, de la incomodidad para movilizarnos y del desorden en general que se ha apoderado de la ciudad y con motivo de tu paso a la eternidad te hago un recuento de aquellos amigos con los cuales iniciamos labores en nuestra Academia de Historia. Muchos de ellos nos antecedieron y deben estar gozando de lo desconocido, en alguna dimensión inalcanzable e incomprensible.


Mario Acevedo Díaz ese Lord que tanto hizo por la institución y quien se dedicó a la etnia Guane, de él conservamos sus estudios sobre el tema. José de Jesús Amaya Mantilla inolvidable secretario solo tuvo competencia con Sarmiento Lancheros; ambos celosos del cumplimiento al reglamento. El educador Juan de Dios Arias Ayala sigue figurando en los círculos estudiantiles. La UIS aún celebra los aniversarios; recuerdos de Julio Álvarez Cerón. Samuel Arango Reyes cumplió cien años de su nacimiento pero nadie se acordó; es que las comisiones encargadas de festejar fechas recordativas no están actuando.


Los pasos de Domingo Arenas Serrano aún se sienten en el Palacio de Justicia. Marco A. Arenas Buenahora y Flaminio Barrera siguen vigentes por sus libros. Al Dr. Martín Carvajal se le recuerda porque su busto sigue adornando la sala principal. Los poemas de Leonor Caballero de Mutis no tienen competencia. El francés, muy bien pronunciado por Ernesto Camargo Martínez es cosa de antaño. Cote Uribe nos dejó una estampilla de correos, tal vez el único académico que figura en la filatelia colombiana. Isaías Duarte Cancino nos espera en el cielo. De José Antonio Escandón recordamos su carácter y acendrado conservatismo. La frustrada presidencia a la República de Augusto Espinosa Valderrama todavía la padecemos.


Luis Enrique Figueroa Rey no ha sido reemplazado por nadie; sus apuntes inimitables. La asistencia permanente a las sesiones de Alejandro Galvis Galvis no las ha superado ninguno. El protocolo de Gustavo Gómez Mejía está ausente. Don Fulgencio tiene la suerte de que su hijo lo mantiene vivo. Edmundo y su hijo Adolfo se fueron sin saber a qué horas. Con Luis Francisco Infante Rangel quedamos en deuda, fue nuestro defensor en las salas de los tribunales. Roberto Jaimes Durán nos acompañó muy poco pero hizo mucho. Ciro López Mendoza, muy godo y querido nos alienta con la historia de Tequia. La risotada de David Martínez Collazos hace eco en la casa solariega. Lo último fue el homenaje a tu amigo Rafael Ortiz González, quien cumplió cien años de su nacimiento. Se quedan muchos pero de ellos te hablaré otro día.

Autor:
Edmundo Gavassa Villamizar
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