Publicado por: Eduardo Duran
El Gobierno acaba de presentar el proyecto para la recuperación de la navegabilidad del río Magdalena. Años y años transcurrieron en que ese recurso de transporte se dejó abandonado, hasta que los barcos no pudieron volver a utilizar sus aguas y los puertos fueron quedando como ruinas lamentables y como monumentos a la desidia, al desgobierno y al fracaso.
Lo mismo ocurrió con los ferrocarriles: las locomotoras desaparecieron, las estaciones se convirtieron en cuevas de murciélagos y los rieles quedaron a merced de los vándalos, que los desprendían desaforadamente para chatarrizarlos.
El proyecto de recuperación Río ha sido un proceso en extremo lento: ruegos y ruegos que no tenían eco en ninguna parte, mientras el río tomaba formas caprichosas ante la deforestación, la contaminación y el abandono. El primer gran paso lo dio la propuesta audaz de Horacio Serpa, cuando en su condición de Presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, exigió la incorporación de un artículo que creaba la Corporación Autónoma Regional del Río Magdalena y se le asignaban recursos. Allí nació nuevamente el tema de su recuperación.
Ahora, hay que reconocerlo, se ha emprendido la acción como debe ser: un estudio amplio y con capacidad técnica y una licitación internacional para la ejecución de 1,2 billones, para estructurar la hidrovía de 908 kilómetros, recuperar los puertos y poner a navegar los barcos con la carga desde y hacia el interior del país, en donde se estima que la carga por transportar alcanzará la cifra de los ocho millones de toneladas.
El país queda ahora pendiente del programa de recuperación del ferrocarril, que apalancará de manera importante el transporte de carga nacional y que estará llamado, junto con el de la hidrovía, a abaratar los costos de fletes, que tendrá un impacto muy importante en la competitividad de la producción nacional.
De esta manera también se producirá otro impacto de enorme envergadura y es el que las carreteras lograrán una descongestión importante y un alivio en su deterioro, al no tener que soportar el paso de la carga en vehículos de alto tonelaje, que de manera constante despedazan nuestra incipiente malla vial y arrasan con las inversiones que constantemente se hacen.









