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Ernesto Rueda Suárez
Martes 07 de febrero de 2012 - 12:00 AM

Palabras Inútiles

Publicado por: Ernesto Rueda Suarez

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Como cierto personaje de la novela 1Q84, de Haruki Murakami, por más que me lo explican no logro entenderlo. Es decir, por qué el jefe del Ejecutivo pide perdón en nombre de todos los colombianos al expresidente Betancurt y al Ejército Nacional, por la decisión del Tribunal Superior de Bogotá, en el sentido de condenar al coronel (r) Plazas Vega por el delito de desaparición forzada, un delito de lesa humanidad. Además lo hace siguiendo un extraño pero ya común rito: primero se jura el acatamiento de los fallos y luego, lanza en ristre, se atropella a los jueces de carne y hueso, así como a los tribunales. Muchos columnistas, enfermos de negacionismo histórico, pretenden que los colombianos creamos que no hubo delito alguno, puesto que no hubo desaparecidos ni asesinatos de personas que salieron vivas y luego aparecieron muertas en medio de los escombros. Nadie está criticando que el Ejército iniciara una retoma del Palacio, pero otra cosa es la desaparición forzada y la matanza de cientos de personas y magistrados, a los que el Comandante en Jefe no quiso oír en sus súplicas, para evitar el sangriento final. ¿Así, pues, la vaca fue la culpable?

Alegar que la Comisión de Acusación –bien llamada de Absolución- ahora si es idónea para juzgar, es ridículo, cuando el propio gobierno quiere eliminarla y reemplazarla por un organismo serio, profesional y creíble. Incluso cuando los inocentes son declarados inocentes por semejante Comisión, no deja de ser una afrenta imborrable. La demora en la acción de la justicia es en buena medida responsable de que a estas alturas todavía no hayamos resuelto y cerrado, de una vez por todas, este doloroso caso, que se suma a los de otros magnicidios de las últimas décadas, para no irnos hasta el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Pero cuando la justicia actúa, como lo hace el Tribunal Superior de Bogotá, la creciente y amenazante audiencia colombiana que descree del Estado de Derecho, se rasga las vestiduras y abre todas las heridas; y como siempre, las víctimas son de nuevo evaporadas, los hechos objetivos oscurecidos o negados. Perdones sí que hay que pedir, pero no cualquier perdón formalista, burocrático y legalista, sino perdones auténticos, los que reconocen las responsabilidades, sin recurrir a falsos olvidos, al negacionismo, a las venganzas soterradas.

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