Publicado por: Ernesto Rueda Suarez
La obsesión de Chávez fue el golpe de Estado. Los dio y los sufrió. Su cuerpo desapareció desde principios de diciembre del año pasado, nadie lo vio excepto Granma, pero estará en anacrónica urna de cristal, como Lenin y Mao. Maduro contestó enfurecido y sin convicción que Capriles es un infame al poner en duda la fecha de muerte del “Comandante Presidente”. Todo indica que una gran farsa está en funcionamiento; es intolerable que hablen de un secuestro de Chávez por los propios chavistas. No sé si alguien dude de que en Venezuela impera un Estado de facto desde diciembre pasado. Hay que ver a Diosdado Cabello –sin que mueva una pestaña- leer la Constitución y de inmediato afirmar lo contrario; sacrifica su propio derecho constitucional puesto que no puede poner un pie fuera de Venezuela sin ser detenido ipso facto. El enriquecido «notablato chavista» aplaude todas las arbitrariedades, amenaza, insulta; por algo tiene de su lado a un ejército paramilitar, estilo SA, y el propio ejército y a las máximas instituciones del Estado. Estamos en presencia de un régimen populista, adornado de un caleidoscopio tropical de nazifascismo. Un rápido vistazo a los clásicos del fascismo y del nazismo no deja dudas. Por supuesto, al mejor estilo de la inverecundia tropical, que haría ruborizar al mismísimo Mussolini.
Ante todo propaganda y mentira política para aislar del mundo exterior a sus propios secuaces, seguida de una intensa campaña acerca de la infalibilidad del caudillo, que sigue hablando aun después de muerto. La teoría del complot, el recurso al miedo y al terror, la división del país entre el «nosotros» y los «otros», y sobre todo la fabricación de un mundo imaginario, con un jefe infalible que debe ser preservado a toda costa.
Y por supuesto, el uso del decorado fascista: los cánticos, las camisas, los gestos, los brazaletes, el culto a la personalidad y el lenguaje amenazante. Venezuela la tiene muy difícil y gastará décadas en recuperarse. Pese a nuestras terribles dificultades históricas, no tenemos nada qué envidiarles, ni siquiera el petróleo. El pueblo venezolano tiene derecho a su dignidad, pero el populismo, ese embrujo, no es la salida, como bien nos enseñaron los argentinos con Perón y Santa Evita.









