Publicado por: Ernesto Rueda Suarez
En abril de 1995, en Columbia University, Umberto Eco alertaba a su joven público sobre que el «ur fascismo está aun a nuestro alrededor, a veces con trajes de civil (…) y puede volver con las apariencias más inocentes.» En la conferencia explicaba al menos 14 situaciones en las que el fascismo tiene presencia en nuestro medio. El fascismo asusta, pero cuando la cosa es totalitarismo, como lo concibió Hitler y también lo practicó Stalin, el susto es amenaza real. Está ahí, cada mañana, como el dinosaurio famoso de Augusto Monterroso. Tengo hace décadas una edición pirata de Mein Kampf, que leí a medias para un seminario de ideas políticas contemporáneas, que dirigía mi amigo y colega Armando Gómez Ortiz. Veo ahora que además de pirata es incompleta. Veíamos al libro y al autor como algo lejano, como un vejestorio de la historia, que dados los desastres de la II Guerra, nunca más volvería. ¡Qué equivocación! Eco tiene toda la razón. Hay que andarse con cuidado y tomárselo en serio. ¿Pero es fácil conseguirlo completo y leerlo? ¿No es un veneno planetario peligrosísimo –como una bomba nuclear- que debe eliminarse?
No lo cree así Antoine Vitkine, joven investigador y periodista francés, que en 2009 publicó Mein Kampf; historia de un libro, ya disponible en castellano. Es un libro atractivo, que desataniza Main Kampf y lo sitúa en un contexto histórico desde su gestación y escritura por Hitler en la cárcel de Landsberg en 1923 y hecho público en 1925. Es la fascinante historia de la «bilbia nazi». Ahí está todo y pocos lo comprendieron desde el principio. Hitler hablaba en clave secreta y en doble clave secreta. Como afirmó Alexandre Koyré en su esplendido análisis Reflexiones sobre la mentira (1945); se trataba ni más ni menos que de «una conspiración a plena luz del día». Vuelve ahora Mein Kampf, dice Vitkine, a ser best seller, sobre todo en los países o movimientos
ultranacionalistas, en especial en el mundo árabe, y entre quienes destilan odio por Occidente, y entre los negacionistas, cuya audiencia crece, como en el poema de Zalamea. ¿Prohibirlo? No, concluye Vitkine, no sirve de nada, por el contrario, hay que entenderlo y no olvidarlo nunca.









