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Martes 06 de Febrero de 2018 - 12:01 AM

Palabras inútiles transustanciación

Columnista: Ernesto Rueda Suarez

Trump presentó su discurso del Estado de la Nación como lo que él cree que es: un hombre providencial, lo típico del caudillismo y el populismo; todo lo que ha ocurrido hasta ahora no preparaba sino su camino a la salvación de la República; “América primero”, al parecer, a costa de sacrificar al planeta. “Fake” Trump, lo llaman muchos analistas y críticos. El discurso el martes pasado lo consagra. Un batiburrillo de medias verdades, mentiras entre humorísticas y macabras. Lo de siempre, ya registran al menos tres mentiras al día, que él mismo publica. El discurso abundó en “logros” de las promesas cumplidas, como rebajar los impuestos a las transnacionales y los magnates; salirse del Acuerdo de París; regresar a las épocas tétricas de Guantánamo, una vergüenza para la humanidad y los Derechos Humanos –¿qué cosas son esas?-; volver a la “estimulación sensorial” –como decía Bush- con toalla y agua; identificar la inmigración con delincuencia y terrorismo; chantajear con el pago del muro para negociar la cuota de inmigrantes –¿lo cumpliría?-; el “carbón limpio”; la negación del cambio climático.

También proclamó una ola de supuesto nuevo optimismo que invade a los americanos; ya lo dijo en Davos días antes, que ha merecido radicales críticas de economistas serios como Stiglizt, pues encubre la catástrofe que se avecina para el mundo con la exagerada y demencial acumulación de riqueza, de la que es claro anuncio la plaga del populismo europeo y ahora americano. Y por supuesto, no mencionó sus estruendosos fracasos y los frenazos de los otros poderes del Estado contra su desmesura presidencialista. Impresionó en su discurso la “majestuosa” pose mussoliniana, ridícula y falsa, pero amenazante. Una gestualidad fría y calculada, no es un simple “reality” a los que nos tiene acostumbrados, que incluye los autoaplausos y la sumisión incondicional (¿?) de su partido. Los semiólogos tienen una buena veta de estudio en la corporalidad y gestualidad presidencial. Si no fuera por el peluquín y el color de la piel, juraría que se trata de una transustanciación del desventurado Benito.

Autor:
Ernesto Rueda Suarez
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