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Martes 01 de Noviembre de 2011 - 12:01 AM

Palabras Inútiles

Columnista: Ernesto Rueda Suarez

El escándalo está servido, más a nivel internacional que nacional. La masacre de Mapiripán no es como nos la han contado durante quince años. No nos han dicho que no existió sino que era más chiquita y que muchos de los muertos nunca existieron como resultado de la acción de los paramilitares.


Tampoco nos han dicho que el Estado colombiano no sea responsable, tal como lo ha establecido la CIDH. No es cuento nuevo en Colombia y el mundo negar masacres o achicarlas, como si eso las hiciera menos graves. Algunos niegan, por ejemplo, el Holocausto nazi contra los judíos, los gitanos y muchas otras minorías étnicas y aun contra los propios arios adversos a Hitler. El Estado turco siempre ha negado el genocidio de armenios de 1915. Es delito en Turquía reconocerlo o siquiera mencionarlo. El galardonado Nobel Orhan Pamuk se salvó de la cárcel gracias al premio. Turquía ha visto frenado su ingreso a la zona euro, entre otras cosas, por no reconocer el genocidio, lo que tal vez, la ha salvado de la actual crisis de ese modelo. Ahora tenemos una espléndida novela, que ojalá la tiranía de los libreros colombianos ponga a disposición de los lectores, sobre esta trágica historia de los armenios: El libro de los susurros, del rumano Varujan Vosganian, que ha tenido un éxito extraordinario en Rumania y en Europa, en todas las lenguas a las que ha sido traducida, y que cuenta con una magnífica traducción al castellano de Joaquín Garrigós. García Márquez ha inmortalizado la matanza de las bananeras, de 1928, en Cien años de soledad. La rescató de la peor de las negaciones, que es el olvido histórico. ¿Pueden recordarlo las últimas generaciones de colombianos? Tal vez no eran los miles de muertos que llenaron los vagones del tren bananero de la United Fruit en Macondo, la misma Chiquita Brand, que ha sido condenada en tribunales de USA por patrocinar paramilitares en Urabá. ¿Remember now?


Ahora el escándalo es por cuenta de ciertos colectivos de abogados, que han convertido en lucrativo negocio la presunta defensa de los Derechos Humanos, un verdadero escándalo de lesa humanidad al comprobarse la existencia de falsos crímenes. ¿Un nuevo carrusel? Sería una tragedia sin límites. Los demócratas del mundo debemos llevar la protesta hasta las últimas consecuencias, porque es demasiado grave. Y que quede claro que nadie es propietario privado o monopolizador de la defensa de los Derechos Humanos, como ciertos movimientos ultras pretenden.

Autor:
Ernesto Rueda Suarez
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