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Martes 20 de Marzo de 2012 - 12:01 AM

Palabras Inútiles

Columnista: Ernesto Rueda Suarez

Harold Bloom en su espléndido e insuperado libro Shakespeare; La invención de lo humano, demuestra la hipótesis de que Shakespeare ha llegado al límite del alma humana, de las pasiones y motivaciones que mueven a la humanidad y lo hace con una superioridad cognitiva, lingüística e imaginativa jamás alcanzada. Para Bloom, Shakespeare es un (o el) canon universal de todas las literaturas. Otras literaturas o críticos literarios pueden contradecirlo, y decirle como mínimo que exagera. ¿Dónde dejamos, pues, a Cervantes, o más aún, a Murasaki Shikibu, que escribió cinco siglos antes que ellos y nueve antes que Proust? En el prólogo a La novela de Genji, Bloom reconoce que Murasaki es la creadora de un canon oriental, tan universal, como el de Shakespeare; que se anticipó a todas las literaturas de oriente y occidente. Margauerite Yourcenar dijo de ella que “no se ha escrito nada mejor en ninguna literatura”. No sé si estemos ante el arte del elogio, pero Bloom y Yourcenar habitan en el Nirvana de la crítica.

En el siglo XVIII aparece en la China feudal, ya decadente, la extraordinaria novela de Cao Xueqin Sueño en el Pabellón Rojo. Cao la publicó por entregas, en 120 capítulos, antes de cumplir cuarenta años de edad. Su nombre original fue Memorias de una roca, en referencia al jade en la boca con que nació uno de los protagonistas principales, Jia Baoyu. El arte del elogio, esta vez de Borges, dice que el gran clásico chino es “la novela más famosa de una literatura casi tres veces milenaria.” Es el canon chino más universal, comparable, dicen los críticos a En busca del tiempo perdido. Un enorme fresco literario de la sociedad feudal tardía China, en la que se da cuenta de todas las pasiones de la sociedad aristocrática y su vida corrupta; de la soberbia y la arrogancia; de la hipocresía, la crueldad y las traiciones. Es también una historia trágica y una filigrana de la vida cotidiana. Esta novela fue referente constante de Mao Zedong, siempre que quiso retratar la vieja China. Disponemos ahora de una versión completa en castellano; con una traducción y edición impecables, en dos volúmenes y más de 2.200 páginas, a cargo de un equipo de especialistas sinólogos de la Universidad de Granada y el apoyo del Instituto Confucio. Imposible no leerla, si la tiranía de los libreros nos lo permite.

Autor:
Ernesto Rueda Suarez
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