Sábado 23 de Diciembre de 2017 - 12:01 AM

Las expresiones del fundamentalismo

Columnista: Fundación Participar

Si algo imprime identidad a la vida social en nuestro tiempo es el signo de los fundamentalismos; al parecer perdimos la disposición a reconocer en los demás el derecho a opinar con enfoques que no siempre coinciden con los nuestros, y lo que es peor aún, renunciamos a la búsqueda de escenarios de conciliación donde haya un espacio para todos.

Ejemplifiquemos la anterior reflexión: el acuerdo de paz con las Farc, gracias a la concesión de generosos beneficios a favor de éstas, suscitó una aguda reacción en amplios sectores de la opinión pública, expresada categóricamente en el plebiscito, circunstancia que demandaba reconsiderar algunos temas sustantivos del acuerdo en procura de armonizar las dos líneas del pensamiento allí enfrentadas y, de paso, conferirle legitimidad plena al proyecto de paz en ciernes. Se perdió una valiosa oportunidad para construir consensos en tan sensible asunto de impacto nacional y por cuenta de ello asistimos a una campaña eleccionaria signada por la intemperancia y las posturas recalcitrantes, aupadas por una dirigencia política -contadas excepciones- con más deméritos que valores y con pretensiones reeleccionistas. Algunos sectores que expresaron su negativa en el plebiscito, sugieren hacer trizas el acuerdo de paz, mientras los de la otra orilla pregonan que lo convenido quedó recogido en normas pétreas que no admiten ajuste alguno.

En el ámbito del aprovechamiento de los recursos naturales no renovables también son frecuentes las confrontaciones, porque no se toman como referentes las opciones que mejor interpreten el interés público; se descalifica desapaciblemente a quienes defienden la preservación del medio ambiente, olvidando que con semejante actitud se ingresa en otra órbita fundamentalista: la explotación, per se, de la riqueza, sin que exista probada certeza científica de no causar daño ambiental. Toda esa carga de conflictividad social deriva de una fuente común: la errática y mediocre conducción del Estado.

Autor:
Fundación Participar
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