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Sábado 08 de Octubre de 2011 - 12:01 AM

La unidad en la diferencia

Columnista: Fundación Participar

Con esa frase le resumió el Vicepresidente a Yamit Amat el tono de su relación con el Presidente. Si bien dialécticamente es cierto que la unidad reside en la concurrencia de elementos contrarios, la reflexión podría contener un enorme sofisma que la haría políticamente inviable si esas contradicciones no se resuelven internamente, pues de lo contrario se comprometerían las condiciones mínimas de gobernabilidad.


El problema no surge porque difieran en los criterios sobre el manejo de los asuntos estatales, sino en llevar el debate al escenario público, porque ello podría significar varias cosas: en el alto gobierno no existe capacidad para definir los ejes centrales de la política estatal; el Vicepresidente hace público sus salvamentos de voto frente a las decisiones oficiales; asistimos a un sistema atípico en el que el Vicepresidente tiene el don de la ubicuidad: hace parte del gobierno pero a la vez funge como aguerrido jefe de oposición, con inocultable aspiración presidencial.


Inobjetable que el Vicepresidente le diga siempre la verdad al Presidente, impensable que fuese distinto, pero de ello no se infiere que si el Presidente no comparte su verdad, salga a la luz pública a contrariar la opinión de aquel o de sus ministros, con el argumento de que llegó allí ungido por el voto popular, porque olvida que está subordinado institucionalmente al Presidente de la República; de esa inadvertencia deriva su lamentable desenfoque, ignorando que con ese criterio se ropería la unidad de mando que es consustancial a un régimen de estirpe presidencial.


Aquí se cumple una premisa inexorable: en cualquier organización un empleo sin funciones poco sirve y mucho estorba, y el desocupado -máxime si está en trance de figuración- termina opinando sobre lo divino y lo humano, así no tenga el conocimiento.


Los desencuentros del Vicepresidente con las directrices del gobierno son cada vez más frecuentes y pugnaces y en ese contexto sólo hay dos soluciones lógicas: o el Vicepresidente renuncia –como lo hiciera el doctor De La Calle en actitud que lo enaltece- o el Presidente, en defensa de su fuero y de la estabilidad institucional, lo designa embajador ante un país de poca relevancia internacional, porque ningún gobierno puede funcionar adecuadamente con la oposición adentro.

Autor:
Fundación Participar
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