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Sábado 05 de Noviembre de 2011 - 12:01 AM

Entre coaliciones, clientelas y planes “B”

Columnista: Fundación Participar

Pasaron las elecciones de lo local y lo regional impregnadas de sentimientos, de afectos, de parentescos y hasta de animadversiones, con primacía de la pasión sobre la razón. Los resultados están a la vista y corresponde, ahora, intentar su análisis.


Sea lo primero resaltar la participación numerosa. Casi un millón de coterráneos, del millón y medio del censo, concurrimos a cumplir con el sagrado derecho y el olvidado deber. Pueblos donde la participación superó el 80% ameritan la exaltación.


Lo segundo es observar que las nuevas figuras de presentación de candidaturas y opciones, como casi siempre, comienzan siendo tan solo normas vacías que, al final poco se acatan. Nos referimos a las coaliciones de partidos y movimientos para presentar candidatos únicos, sobre la base de respaldos rígidos, con compromiso legal para directivos, candidatos y voceros, bajo premisas sancionatorias, de ayuda electoral irrestricta. La más publicitada fue "Unidos por Santander", que concluyó en estruendosa derrota. Al elector no logró convencérsele de su contenido programático, de la bondad de sus propuestas y de que eso fuera a favor de Santander. Lo percibió tan sólo como una estrategia electoral para conseguir resultados, eliminar competencias y aplastar contrarios, sobre la base de la continuidad de una alianza de partidos que, decía, había redimido al departamento con transparencia y pulcritud. La realidad palpable, por el deterioro que el invierno hizo a la infraestructura, contradijo las afirmaciones y la grandilocuencia del argumento laudatorio cayó en el vacío. Por eso la rechazó y votó a favor de la otra causa, sin aceptar disciplinas, imposiciones, o amenazas de castigo partidista. Su voto, para eso sí, fue soberano.


Mas no lo fue para la escogencia de diputados, concejales y alcaldes. Allí se impusieron las maquinarias de siempre. Las que se alimentan de dádivas y favores, de clientelas partidistas y feligresías religiosas. De todo hubo y a todos les funcionó. Las huestes rojas, azules, amarillas, las de correligionarios, las de oficios varios. Por eso se escogieron muchos representantes de intereses particulares y pocos del interés general. Muchos con remoquetes de grupos de presión y pocos con el de la colectividad toda.


Finalmente, tuvieron éxito los planes B: las cónyuges, los hijos, los hermanos y los parientes cercanos de los inhabilitados o cuestionados. A todos se les respaldó sin reparo.


Que ojalá un día, el plan B de los electores sea cambiar esos paradigmas por los de la participación consciente.


(*) Columnista invitado.

Autor:
Fundación Participar
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