Publicado por: Gonzalo Gallo
Señor, todo llega a mi vida para el bien. Una prueba es para crecer en fe, paciencia, desapego y fortaleza.
En lugar de preguntarme por qué estoy en una crisis, quiero preguntarme para qué: qué necesito aprender.
Tú eres justo y en medio de la estrechez estás ahí, aunque te sintamos lejano.
Los seres buenos también atraviesan el árido desierto y pasan por la noche oscura. No es un castigo, es un duro aprendizaje.
Concédeme, Padre bendito, paciencia en la adversidad, fe en medio del túnel y esperanza cuando sólo hay sombras.
Todo es pasajero y un día la luz vuelve a brillar. Ayúdame a tener paz y no sufrir presionado por necesidades innecesarias.
Tú cuidas de mí y me das serenidad y confianza. Contigo puedo dominar las preocupaciones y la angustia.
En tí confío, Señor, y actúo. Creo que hay que orar como si todo dependiera de tí y actuar como si todo dependiera de mí.
Cuenta la historia que un rey pensó edificar un gran palacio y encargó a uno de sus hijos que lo construyera.
Le entregó el dinero necesario y partió a un largo viaje. El muchacho, que era perezoso y astuto, pensó:
Haré un palacio más reducido con materiales baratos y me quedaré con el dinero que ahorre.
Así lo hizo y, cuando lo hubo terminado, se presentó ante su padre y le dio la noticia:
El palacio que me encargaste ya está terminado. Puedes disponer de él cuando gustes.
El rey fue, vio la construcción, se dio cuenta del engaño y la deshonestidad, y le dijo a su hijo:
Te entrego el palacio que construiste, es para tí. Ahí tienes tu herencia y también mucho en qué pensar.
Una buena historia para hablar de la generosidad y recordar que siempre recogemos lo que sembramos.












