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Miércoles 13 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

Oasis.

Columnista: Gonzalo Gallo

La linda oración de la serenidad es el inicio de una plegaria del teólogo, filósofo y escritor estadounidense Reinhold Niebuhr. Dice así:

Señor, concédeme serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que puedo cambiar y sabiduría para entender la diferencia.

El texto completo continúa así: viviendo día a día; disfrutando de cada momento.

Sobrellevando las privaciones como un camino hacia la paz.

Aceptando este mundo tal cual es y no como yo creo que debería ser, tal y como hizo Jesús en la tierra.

Confiando en que obraré siempre el bien y entregándome a tu voluntad,

Podré ser razonablemente feliz en esta vida y alcanzar la felicidad suprema a tu lado en la próxima. Amén.

La palabra clave es la aceptación que evita el sufrimiento, o sea, deja de pelear con la realidad, porque vives atormentado y sufres.

Cuando aceptas algo sin resignarte, haces lo que puedes para mejorar, pero no te desgastas haciendo resistencia y quejándote.

Piensa, pues: ¿me acepto como soy? ¿Acepto a los demás? ¿Acepto el mundo tal como marcha? Examínate y cambia.

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Cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba, que sólo se sustentaba de unas hierbas que cogía.

¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo?; y cuando el rostro volvió, halló la respuesta viendo que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó.

Estos versos de Calderón de la Barca, 1600-1681, son un hermoso ejemplo de cómo se condensa una historia en una breve poesía.

La lección es sabia, cuando crees que sufres lo peor, hay millones en situaciones más horribles y deplorables.

Por eso dijo alguien: dejé de lamentarme por no tener zapatos cuando vi a alguien muy feliz que no tenía pies.

Cierto día le escuché a Carlos Barrera, un gran amigo cuadripléjico y que jamás se queja, este profundo pensamiento:

“Sufrimos demasiado con lo poco que nos falta y gozamos muy poco con lo mucho que tenemos”; además no agradecemos ese mucho.

Date el gran obsequio de valorar lo pequeño y lo grande, de valorar lo más insignificante y destierra las quejas de tu vida. Da gracias sin cesar.

Autor:
Gonzalo Gallo
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