Publicado por: Gustavo Galvis Hernandez
Sabemos que sin agua no puede haber ninguna forma de vida en la Tierra, que sin este recurso natural vital nuestro mundo sería un planeta desolado, estéril, devastado, sin paisaje verde, uno más en la inmensa soledad y vastedad sobrecogedora del universo infinito descrito magistralmente en los libros de los astrofísicos Carls Sagan, ya fallecido, y el genial Stephen Hawking.
En este contexto no sobra recordar que el pasado viernes 22 de marzo fue el Día Mundial del Agua, fecha escogida por la ONU para destacar la importancia que para la humanidad tiene el cuidado y la conservación de las fuentes de agua, en peligro por el crecimiento desbordado de la población mundial, el modelo económico basado en el ecocidio para el crecimiento, con la destrucción de páramos, bosques, selvas, contaminación y envenenamiento de mares, lagos, ríos y quebradas.
Un reciente informe del servicio de inteligencia de los Estados Unidos titulado Predicciones para el año 2030, vaticina conflictos bélicos de vastas proporciones por el agua en África y Oriente
Próximo y enormes dificultades de abastecimiento para las megaciudades que crecen sin parar en un planeta que se urbaniza a pasos acelerados en un proceso inevitable. Ciudades abarrotadas, compactas y con crecimiento vertical es el destino del desarrollo urbano.
Las luchas por el agua ya llegaron. El formidable movimiento social en Bucaramanga nacido del propósito superior de salvar el páramo de Santurban, la gran fábrica de agua de la que depende el abastecimiento presente y futuro del Área Metropolitana, es un ejemplo que implica pagar a los habitantes de la región por los servicios ambientales que prestan sus ecosistemas. Otros ejemplos como el de Yopal en paro por falta de acueducto o la lucha de los usuarios de un acueducto veredal contra los deforestadores. Los casos se multiplicarán y el poder social se consolida más.










