Publicado por: Horacio Serpa
Alfonso Gómez Gómez fue el más importante dirigente político de Santander del siglo XX y uno de los primeros de Colombia. No fue tan buen orador como Camacho Carreño; no tuvo que afrontar a sus encendidos contradictores con el coraje de Galvis Galvis; no llegó a dominar a su partido con la capacidad persuasiva de Gabriel Turbay; no fue tan seductor como Luis Carlos Galán.
Fue hombre de principios, como ellos; Ministro como casi todos; Congresista como también lo fueron; Embajador,Alcalde y Gobernador como algunos.
Ninguno de esos paisanos ilustres repitió tantas responsabilidades políticas como Gómez Gómez. Varias veces Representante a la Cámara; varias veces Senador; varias veces
Embajador; varias veces Alcalde; varias veces Gobernador. No fue un burócrata. Estuvo en el lugar adecuado, en el momento justo, cuando se requería de su transparencia, de su sabiduría. Asumió cada responsabilidad pública con ponderación, sin estridencias, sin soberbia. Llegaba a ellas con discreción y así las entregaba, sin guardarles luto. De él aprendí que el poder es siempre temporal y debe ejercerse sin ostentación, sin creer en los halagos de los amigos ni achicarse por las críticas de los enemigos.
En una manifestación para López en Barrancabermeja, todos los grandes líderes querían hablar en primer lugar. Yo, organizador sin experiencia, no sabía cómo solucionar el problema. Cuando el doctor Alfonso me llamó a un lado de la tarima creí morirme, pues pensé que también pediría el primer lugar, que merecía. Me dijo cruzando los brazos:
“Póngame de cuarto o de quinto”. Cuando terminó la manifestación me comentó: “Improvisación en la cumbre, es fracaso en la cumbre”.
Esa fue su vida, de apropiados consejos, de buenos ejemplos, de un enseñar permanente. En la cátedra y en la vida diaria. Por eso, sin tanta bulla, caminando pasito, terminó siendo el primero. Fue un auténtico Maestro.
Me duele profundamente su ausencia. Me duele en el alma no haberle tomado la semana pasada la entrevista que habíamos acordado para Ola Política, sobre el 9 de abril. Me regocija haberle escuchado el discurso de sus noventa años en la UNAB, que terminó con un verso de Barba Jacob. “Decid cuando yo muera, y el día este lejano, fue una llama al viento, y el viento la apagó”










