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Miércoles 30 de Agosto de 2017 - 12:01 AM

De la corruptela, a la corruptética

Columnista: Isaí Fuentes Galván

Antes de que Corruptón fuese alcalde, era muy amigo de Corruptín. Y no solo de él sino de todos los miembros de su pandilla, a quienes antes había ayudado a llegar a gobernar Corruptolandia, a cambio de que favorecieran sus negocios. En ese momento aún no sabía que era mejor ser dueño del lapicero que poner plata para comprarlo, o lo que es igual: que era mejor la política al servicio de los negocios, que los negocios al servicio de la política.

El trato fue muy simple. Corruptón ponía la plata para la campaña y luego Corruptín le devolvía el favor, dándole y haciendo todo lo acordado.

Todo marchó bien, durante muchos años, hasta que un día Corruptín incumplió el compromiso, alegando que Corruptón lo había hecho primero.

Fue entonces cuando Corruptón abrió sus grandes ojos verdes y se dio cuenta de que el negocio no era patrocinar campañas, sino ganarlas. ¿Para qué financiar campañas de politiqueros levantados, si el mismo podía ganarlas por ser muy rico? -Se preguntó-

Fue un día en la acostumbrada tertulia de la 45 que se decidió y dijo: “voy por el lapicero”. Nadie le creyó. Todos pensaron que estaba loco. ¡Y sí!

Para ello, se fue a la Patagonia y contrató un par de buenos estrategas que le ayudaron a convencer a Corruptolandia de que había que acabar con la corruptela de sus antiguos amigotes.

Un iluminado en el arte de leer las emociones de los pueblos, creyendo que Corruptón de verdad quería acabar con la corrupción, logró persuadirle de que él no era corrupto, sino una especie de mesías, llamado a salvar a su pueblo de ese terrible mal.

Pasado el tiempo, no fue tal. Corruptón terminó haciendo lo mismo que tanto criticaba. Con una diferencia: su corrupción no robaba plata ni hacía politiquería con los contratos, su corrupción consistía en una sola cosa: favorecer sus negocios y los de sus amigos desde su cargo.

No solo pedir coimas y parcelar lo público es corrupción, ponerlo al servicio de cualquier interés particular también lo es.

Autor:
Isaí Fuentes Galván
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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