Miércoles 23 de Julio de 2014
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Jaime Calderón Herrera
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Martes 05 de Marzo de 2013 - 12:01 AM

¿El pueblo unido siempre será vencido?

Autor: Jaime Calderón Herrera

La sociedad  rural colombiana es mucho más conservadora   que la urbana. Le cuesta más apreciar y aceptar el cambio. Es tradicional. Reacciona con demasiada lentitud ante los retos. En política se alinea con la derecha más radical, la cual a su vez,  ha sido más proclive a aceptar las condiciones de subordinación a los intereses de sociedades más desarrolladas.

Es así  como el modelo implantado en Colombia, en términos  de comercio, de producción, de macroeconomía, de lo social, se podría resumir  en libre comercio y globalización, economía minera y de servicios, control de la inflación  e incentivos a la inversión extranjera  (tanto fiscales como legales), así como  asistencialismo en lo social. O como lo dice un ex presidente: “seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social”.

En este modelo,  lo predecible  es que las producciones agraria y pecuaria no sean competitivas, y como ha sucedido, tiendan a la quiebra, a menos que resulte en grandes subsidios, que entonces quiebran al fisco. La desindustrialización es otra consecuencia lógica en materia de nuestros productos tradicionales. La revaluación resulta de la “confianza inversionista” y el asistencialismo; es el mal necesario para mantener a las masas atrapadas en la pobreza,  pero conformes,  controladas y agradecidas. La afectación  del medio ambiente es el precio de una economía basada en petróleo, carbón, níquel, oro, y demás minerales.
Incapaces de innovar y de cambiar para hacerse competitivos globalmente, quienes se hicieron ricos  con el café, con el cacao, con los textiles, con el trasporte, hoy manipulan a los pobres de sus sectores para exigir subsidios que les mantengan sus ganancias. Dichos subsidios  provienen de los impuestos, que en Colombia no pagan los ricos, ni los inversionistas, ni los especuladores, ni los terratenientes, ni los ganaderos, ni los trasportadores, sino los trabajadores pobres y los de clase media.

Cada peso que el gobierno acepte para subsidiar el mal negocio, fruto de la incompetencia o de la globalización y de los Tratados de Libre Comercio, son pesos que se le restan a la infraestructura, a la educación, a la salud, a la ciencia. Paradójicamente quienes hoy reclaman subsidios, descalifican políticas del vecindario por subsidiarlo todo. Y quienes han estudiado y advertido el fenómeno en el campo, hacen causa común con sus contradictores naturales.

Ya no somos un país rural, pero necesitamos un campo productivo que nos provea de seguridad alimentaria, condición necesaria de soberanía, que sepa aprovechar nuestra biodiversidad con proyectos innovadores, que obligue a un modelo donde se incentive la demanda interna, donde se defienda el territorio y la cultura. Necesitamos ser más ricos, no hacer más ricos a los ricos, y de contera, de muy lejos. Requerimos comercio justo, devaluación controlada para competir, educación y salud para construir una masa laboral preparada y saludable, crecimiento económico con equidad, desarrollo con progreso humano. Es decir, necesitamos otro modelo, pero los que hoy paran,  son los que sostienen el modelo que nos hace daño a casi todos.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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