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Martes 27 de Diciembre de 2011 - 12:01 AM

Diciembres y nostalgias

Columnista: Jaime Calderón Herrera

He admirado siempre el sentimiento de arraigo que tienen de manera especial quienes han vivido sus años de infancia y adolescencia en pequeñas poblaciones. Conservan una nostalgia a flor de piel acerca de olores, sonidos y sabores.


Todos tenemos apegos. Quienes crecen en ciudades medianas o grandes reemplazan la vida del poblado por la de su barrio, lugar donde aprendieron a jugar, a relacionarse, a vivir, a amar, e incluso a odiar.


Hoy la vida es cada vez más urbana, de grandes conglomerados, más de edificios y conjuntos residenciales, donde el papel del vecino se desvirtúa. Aquel a quien pedirle prestada una herramienta o un poco de azúcar, o pedirle el favor de alimentar una mascota, o de echarle un ojito a la casa, está en vía de extinción. La red social que antaño se tejía en las calles, en la tienda de la cuadra, viene siendo reemplazada por las redes sociales virtuales.


Recién, un zapatoca me relató la anécdota de un pariente suyo quien le ordenó a su hijo pedirle prestado al vecino un martillo para clavar una puntilla. Al rato el pequeño volvió con una negativa razonada en el desgaste de la herramienta, a lo cual el padre ordenó entonces traer el martillo propio. Está exageración muestra el humor y el talante que exhiben con apego las gentes de esta región.


Los diciembres son tiempos de ir a otro lugar. En ocasiones se prefiere viajar a sitios desconocidos que traen ilusión, pero también regresar al pueblo, a la ciudad, al barrio, para el reencuentro con amigos, parientes y lugares, produce verdadero gozo.


Cuando se deja mucho tiempo en volver, cuando se arrinconan los recuerdos, cuando las circunstancias de la vida te alejan de tus historias, el retorno te maravilla, por el inevitable cambio con sus cosas buenas y malas. El colegio que ya no está, el lugar donde diste y te dieron el primer beso, el entorno que trae a tu memoria el recuerdo de una travesura o el de una frustración que con los años te parece mínima, pero que entonces te llenó de rabia y tristeza. Ver al condiscípulo aplicado ahora calvo y rico. Volver es maravilloso.


Qué bueno volar, qué lindo retornar, qué bello hacerlo cuando la lejanía nos impuso un olvido que se puede restaurar. Más que sitios a donde ir, quisiera tener más lugares a donde regresar.

Autor:
Jaime Calderón Herrera
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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