Publicado por: Jairo Martinez
El reino de la felicidad no está en santísimos sino en las humildes cosas de la vida. Les comparto, por su belleza e importancia, el siguiente texto de Krishnamurti: “La mayor parte de la gente está satisfecha con sus vulgares vidas y, por ello, se forja el angosto mundo de la mediocridad. Si queréis ser diferentes, habéis de hallaros a vosotros mismos, habéis de dar nacimiento a vuestro verdadero ser, seguir vuestro propio sendero y mantener vuestro propio ideal.Debéis desear reunir y poseer los varios tipos, colores y expresiones de la divinidad en todos los océanos de la vida. Debéis oír por vosotros mismos aquel llamamiento, aquella Voz que sólo resuena por medio de la experiencia, por medio de los pensamientos y las emociones”.
No necesitáis imágenes, ceremonias, ni nada en la vida, si tenéis este venturoso y divino anhelo. La divinidad mora en el reflejo de luz sobre las alas del ave que cruza el cielo, en el árbol solitario, en las apacibles praderas, en los contiguos riachuelos y en las flores. Son la Verdad de la vida, las reales expresiones de la espiritualidad. Cuando reconozcáis la Verdad en estas humildes cosas y os abisméis en su belleza, habréis adquirido la eterna Verdad y viviréis en la Felicidad.
Una vez l poseáis, podréis darla los demás. Quién no la posee, y sin embargo trata de convencer a otros, es hipócrita; pero quien la posee, aunque sea en mínimo grado, hablará con certidumbre, conocimiento y autoridad porque sabe lo que significa sentir de acuerdo con el universo y con la humanidad, con el que sufre, con el que es feliz. Vosotros crearéis y haréis crear a otros sus propias ideas, sus propios conceptos de la vida; esto dará diferente tono a vuestra existencia, un gozo, y entonces, ninguna forma ni expresión externa tendrá valor alguno, porque estaréis en la Eterna Fuente de todas las cosas.
La evolución no empieza repentinamente ni se detiene en un momento dado ni después de una vida, sino que es interminable camino, y quien goza caminando no se detendrá a adorar en pequeños santuarios, menudos convencionalismos o altares









