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Sábado 28 de Enero de 2012 - 12:01 AM

La muerte va a cambiar

Columnista: Jairo Martinez

Los que sobrevivimos a la época de los dinosaurios, cuando para hablar por teléfono dependíamos del estado anímico de una telefonista, no dejamos de asombrarnos de la evolución de este aparatico. Antes, para que recuerden mis compañeros del jurásico y sepan los jóvenes que revisan este texto –si es que algún menor de 30 años lee columnas de opinión- el teléfono solo servía para hablar, oír y, cuando mucho, llorar si la novia lo echaba a uno. Además, lo más lejos que podíamos llegar mientras conversábamos dependía del largo del cable al que estaba amarrada la bocina del discado.

Ahora todo es muy distinto, podemos sentarnos a la puerta de cualquier bar para ver a Bucaramanga pasar y lo que en realidad observamos es gente que habla sola, que grita como uribista en Panamá, que se ríe sin que haya por ahí payaso alguno o que llora como plañidera, pero sin muerto. No, aunque lo parezcan, no están locos, están simplemente garle que garle por su teléfono celular y les importa un carajo el mundo que sucede a su alrededor. Otros se sientan, agarran la cajita a dos manos y empiezan a pincharla con sus dedos; estos lo que hacen es jugar o escribir mensajes a alguien que puede estar justo al otro lado del mundo.

Hay algunos que escogen sitios un poco más discretos, sacan su aparato, lo manipulan y lo manipulan hasta que empiezan a sudar y a convulsionar; cuando uno, angustiado por supuesto, va a ver cómo puede ayudarlos, dicen: “fresko manito es sexo virtual, ¿quiere que le enseñe?”.

Que el teléfono sirva para hablar, oír, leer, escribir, filmar, pagar cuentas, jugar, grabar conversaciones, tomar fotos, repetir canciones, recibir mensajes, hacer el amor, etc., es algo que mataría de un infarto a cualquiera de nuestros ancestros si tuviera la mala idea de volver por estos rumbos. Nada qué hacer, esta tecnología nos cambió la vida casi sin darnos cuenta.

El nuevo paso que dará nuestro teléfono será el de contarnos los triglicéridos, darnos el dato de la presión arterial, el número de plaquetas, microbios y palpitaciones, además de indicarnos, en el momento justo, el nivel de testosterona y el hierro en la sangre. Todo esto se hará por la conexión inalámbrica entre el celular y ‘Helius’, la pastilla inteligente con microchips que reportará al instante cualquier cambio en nuestra condición de salud.

Bien, los celulares que ya nos cambiaron la vida vienen ahora para cambiarnos también la muerte.

Autor:
Jairo Martinez
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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