Publicado por: José Manuel Acevedo
Es ridículo creer que hacer un pacto con una comunidad cristiana alrededor de ciertos principios para luego elegirse con esa bandera y más tarde votar en contra de todo lo acordado, constituya una conducta punible que pueda llevar a un político a la cárcel. Si fuera por promesas rotas los centros penitenciarios estarían llenos de ex congresistas, ex alcaldes, ex gobernadores y ex presidentes que ofrecieron una cosa y salieron con otra, muy otra.
Así las cosas, el pacto de Roy Barreras con las asociaciones religiosas para no permitir el matrimonio homosexual, la adopción de parejas del mismo sexo y el aborto es perfectamente legítimo desde el punto de vista político. Aliarse para conservar el statu quo no es un delito, ni más faltaba. Tampoco parece extraño, conociendo el talante transfuguista de Roy, que termine haciéndoles conejo a sus piadosos seguidores, vote favorablemente el proyecto de matrimonio que hace curso en el congreso y nos dé una muestra más de sus increíbles volteretas.
El problema está en que Barreras no es un senador más y como presidente del congreso lo mínimo que ha debido hacer es declarar públicamente la existencia de aquel ‘compromiso programático’ para evitar suspicacias. Ocultarlo y al tiempo dilatar las discusiones sobre el matrimonio gay no parece coincidencia. Como presidente del órgano legislativo Roy incide directamente en el orden con que se estudian los proyectos y puede acelerarlos o dejarlos morir.
El camaleónico senador le está haciendo juego a quienes –como calificamos en la anterior columna – están pasando de agache en estos debates. La semana pasada escribí en este mismo espacio que la mayoría de nuestros parlamentarios son pusilánimes y en vez de debatir con argumentos se escudan en los aplazamientos de los debates.
Sigo pensando que un buen número de ellos, con ‘pactos’ oportunistas, están rezando, pecando y empatando y lo hacen por debajo de cuerda para intentar quedar bien con todo el mundo. En esas anda Roy, pero seguro no es el único. ¡Ay de nuestros políticos!









