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Jueves 10 de Agosto de 2017 - 12:01 AM

Machismo en Google

Columnista: Juliana Martínez

La semana pasada Google estuvo en el centro de un escándalo cuando se hizo pública una carta escrita por uno de los ingenieros de la compañía en la que argumentaba que la notoria disparidad en compensación y posiciones de liderazgo entre hombres y mujeres en la empresa no se debe a la discriminación ni al prejuicio, sino a las “diferencias naturales entre hombres y mujeres”.

El documento llega en un momento en el que no sólo Google, sino otros gigantes tecnológicos como Uber y Microsoft, están enfrentando investigaciones del ministerio de trabajo y demandas por discriminación de género y acoso sexual.

Sin embargo, en la mayoría de los casos las directivas aseguran no tener un problema. Más aún, quienes sostienen estas ideas con frecuencia no solo no se consideran a sí mismos sexistas, sino que además aseguran ser ellos mismos víctimas de persecución. Semejante racionamiento no es más que una falacia que utilizan quienes (en Estados Unidos o Colombia) quieren seguir discriminando sin enfrentar problemas legales ni rechazo social.

El discurso de la diversidad surge de la necesidad de remediar la opresión y marginación que históricamente han sufrido ciertos grupos de personas debido a algunas de sus características como el género, raza, orientación sexual o la identidad de género. Si se sacan las relaciones de poder y las estructuras sociales de la conversación, la diversidad se vuelve un cascarón vacío para lavar la imagen de compañías que se niegan a hacer reformas substanciales para cambiar la cultura que sostiene dicha discriminación; y se cae en la idea errónea de que “diversidad e inclusión” significa validar todas las posturas, incluyendo la de despojar de sus derechos a otras personas.

Esto no es así. Todos merecemos respeto, pero el derecho a discriminar es un oxímoron ético y jurídico, y tampoco debería estar legitimado por la sociedad. Exigir tolerancia a quienes se está intentando oprimir y despojar de oportunidades y recursos es una apropiación manipuladora del discurso de la igualdad, y, en última instancia, no es más que una versión elegantemente envuelta del viejo machismo de siempre.

Autor:
Juliana Martínez
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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