Jueves 06 de Septiembre de 2018 - 12:01 AM

Cómplices

Columnista: Juliana Martínez

Existe una poderosa compañía transnacional muy respetada y querida en Latinoamérica. Sin embargo, en los últimos años, cientos de sus empleados han sido encontrados culpables de la violación y el abuso sexual de miles de menores alrededor del mundo, sin que esta los haya sancionado ni reportado. Por el contrario, los ha protegido sistemáticamente.

Uno pensaría que esta compañía tendría un sinfín de problemas legales graves y estaría enfrentando serias repercusiones sociales y económicas. Pero no. Su marca es tan fuerte, que ha logrado preservar el status quo gracias al apoyo o a la indolencia de sus clientes.

En este punto es obvio que hablo de la Iglesia Católica. Pero el ejercicio de mirar la situación con un poco de distancia puede ayudar a ver las cosas con más claridad.

Pensemos, ¿qué pasaría si los sacerdotes fueran gerentes laicos y el Papa un CEO cualquiera? O ¿cuál habría sido la reacción ante las recientes revelaciones de las más de tres mil violaciones de niños en Pensilvania, si no se tratara de sacerdotes católicos sino de imanes islámicos?

No denunciar es condonar, ¿vamos a permitir que nuestros sesgos nos hagan hipócritas hasta el punto de llevarnos a aceptar con los brazos cruzados y la boca callada uno de los peores crímenes: la violación y el abuso sexual de menores?

Pregunto, ¿no es incoherente pedir cadena perpetua para violadores de menores, pero callar cuando esos violadores son sacerdotes?, o ¿cómo aceptar la autoridad moral de quien nos dice que las parejas del mismo sexo representan una amenaza para los niños mientras permiten a conocidos pedófilos seguir trabajando en colegios y orfanatos?

¿Cuál sería nuestra reacción si estos abusos ocurrieran en cualquier otra institución pública o privada? Seamos consecuentes. Exijamos que la Iglesia abra sus archivos al público, entregue a la justicia a los pedófilos que sigue escondiendo y a quienes los protegen, e implemente reformas reales que aseguren que estos crímenes se detengan y no vuelvan a repetirse, al menos, no impunemente. De lo contrario, ¿cómo seguir dejando que “los niños se acerquen a ellos” sin convertirnos también en cómplices de sus abusos?

Autor:
Juliana Martínez
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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