Publicado por: Luis Ernesto Ruiz
Ese era al parecer el nombre que Raúl Reyes le tenía a Doña Piedad Córdoba. Hablar de ella despierta emociones encontradas, unos la odian, otros la aman, al fin y al cabo ha desempeñado el papel protagónico en la entrega de los secuestrados de las Farc. Negar que existe una gran cercanía de ella con ese grupo al margen de la ley no tiene ya ninguna discusión. Tampoco la tiene que en este país exista la libertad de expresión, más en alguien que ha escogido la vida pública como el derrotero de su existencia; pero así como se tienen derechos también se tienen obligaciones, en las cuales la mayoría de los colombianos creemos que pocas bolas le para.
Esa es también la posición que asumen algunos, la de la ley de la argolla, donde reclaman sus derechos, pero se olvidan de respetar los de los demás y especialmente el que les obliga la Constitución encaminada al bien común de todos los ciudadanos. Está en su derecho de mantenerse políticamente activa, pero no lo tiene cuando le miente al país al pretender enlodar a las instituciones, cuando afirma: “Son los militares los que colocan las minas quiebrapatas en este país”. Olvida sus deberes, al invitar a los indígenas a marchar contra quienes tienen el deber constitucional de defender a sus ciudadanos. Queda evidente el mandado que les hace a sus amigos de las Farc, al incitarlos a buscar el despeje militar en las áreas de los resguardos, -ya sabemos que se pretende con eso en el tráfico de la coca- y se les escapa el referirse al ejército del pueblo como el único ente armado que debe existir en este lugar, esto es las Farc-EP. ¿Así no es que se hace llamar este grupo al margen de la ley?
Yo soy de los que piensa que existe la libertad de pensamiento; incluso en el pasado defendí la posición de quienes creyendo en un cambio institucional en defensa de ideales de justicia social escogieron enfrentarse al Estado; hoy ha desaparecido cualquier ideal de patria en esos grupos que fueron migrando al negocio del narcotráfico. Ahora veo como la carga que lleva el burro va descompensada, aquellos que participaron en la vida pública de la mano de los mal llamado paramilitares están juzgados y algunos pagan ya sus culpas en las cárceles de Colombia. Esos también hicieron cama en el narcotráfico, pero los que están del otro lado siguen mondos y lirondos.
De todo este problema de nuestra población indígena, que sigue sin resolverse, y como todo en este atolondrado país parece seguirá por años, queda una lección aprendida y positiva para la institución armada. Esos soldados que vieron como maltrataban a su superior ya tienen en su mente el respeto a los derechos humanos y la formación en el derecho internacional humanitario, para emplear el uso de la fuerza que la Constitución les ha dado. Este no es el Ejército salvaje que algunos quieren mostrar al mundo entero, entre ellos Doña Piedad.









