Publicado por: Luis Ernesto Ruiz
Acaba de pasar. Le comentaba a mi hija que vino a visitarnos desde España que no tenía decidido cuál iba a ser el tema de la columna de este miércoles, -habiendo tantas cosas en el tintero, como las conversaciones de paz, las peloteras de nuestros expresidentes con el actual, la pereza de nuestros contratistas de Invías por arreglarnos el maltrato vial en que vivimos, etc. etc.- y me dijo: ¿por qué no hablas de la felicidad de poder compartir en familia estos días santos?
Pues le he cogido la corriente, porque no es muy frecuente que doña Amparo y yo podamos reunir a los tres hijos y sus familias cuando se mantienen en diferentes polos de esta inmensa Tierra. Lástima que sean tan cortos los días, porque en esos hermosos momentos el tiempo vuela.
Ahora que hemos visto cómo parten al infinito algunos buenos amigos y parientes cercanos, es cuando más se siente que el peregrinar en este mundo tiene tan poco tiempo y lo aprovechamos tan mal, porque a aquellas cosas bellas que llenan el corazón con mucha frecuencia no les damos la prioridad que se merecen.
Nos preocupamos más de lo material, que de las cosas que llenan el alma. Los cementerios no tienen bancos para llevar las riquezas que se atesoran en el tiempo ni bares, ni rumbeaderos. Allá se sienten bien las flores que recuerdan el pasado del ser que amamos y el recogimiento de su recuerdo.
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Por eso la familia es lo único que queda en este mundo y la que debemos disfrutar cada vez que nos lo da la vida. Puede que en estos días no haya ido a orar a la Iglesia, pero lo hice en mi corazón, abrazando a mis nietos y gozando de la presencia de mis hijos, como espero que lo hayan hecho todos aquellos a quienes vi con ojos de tristeza en el aeropuerto despidiendo a los suyos.
Ya vendrá diciembre para ir por ellos.
Sí hija, no solo hay que hablar de política o de los males que nos asisten; también es bueno comentar la felicidad que nos embarga cada vez que estamos todos juntos.









