Lunes 18 de Diciembre de 2017 - 12:01 AM

A María José

Columnista: Luis Fernando Rueda

Un hombre bueno. Que orgullo debes sentir, ahora que el ruido de las cosas empieza a bajar, ver el aprecio, cariño y admiración que despertaba tu papá. Nada lo puede hacer a uno vibrar más, como hijo, que sentir el afecto de la gente por la obra de sus padres. Debes sentirte privilegiada. Miles de personas gozamos hoy por contar con uno de los laboratorios clínicos más completos del país. Otros tantos tienen un trabajo digno gracias a su espíritu emprendedor. Cientos, quizás más, recibieron la silenciosa ayuda de su mano protectora. Y el que siembra, recoge la cosecha.

Tú eres, junto con tu hermano, la parte más importante de esa obra. Tu misma lo describiste en las valientes palabras que le ofreciste el día de su sepelio. La niña de sus ojos. Así te miraba él en la única noche en la que pudimos encontrarnos. Tendrás la misión de continuar arando sobre la tierra, así tu corta edad no lo permita aun dimensionar, para que esa semilla fértil, que con tanto esfuerzo cuidó tu papá, siga germinando. Nadie está preparado para ver partir a un ser querido, de la forma que sea, mucho menos cuando la vida aún tenía para ustedes planes por completar. Pero esos son los designios de Dios y sus tiempos son perfectos.

Vendrán los momentos de su ausencia que no se llenan con nada, vendrá también la tristeza a hablar contigo, y solo el amor infinito de tu mamá y el cariño de los tuyos servirán de consuelo para seguir adelante, así te sientas desfallecer. La vida es eso, justamente, porque el destino no está escrito.

El escritor Héctor Abad Faciolince, en el texto “El olvido que seremos”, un sobrecogedor relato sobre el amor infinito de un hijo hacia su padre que muere abruptamente, escribió en el epílogo “Lo que sí sabía, y ese, quizá es otro de nuestros frágiles consuelos, es que yo lo iba a recordar siempre, y que lucharía por rescatarlo del olvido al menos por unos cuantos años más, que no sé cuánto duren, con el poder evocador de las palabras”.

Autor:
Luis Fernando Rueda
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