Publicado por: Luis Pinilla Pinilla
A propósito de la Semana Santa y la llegada de un nuevo Pontífice a la Iglesia Católica, mi Iglesia desde siempre y por siempre, y siguiendo las orientaciones de Francisco sobre un culto con menos boato y más participación, una serie de reflexiones sobre la forma, sabiendo que la forma incide en el contenido.
Mi primera reflexión está dirigida a la oración del credo, en la celebración de la eucaristía: “Jesús… fue crucificado, muerto y sepultado, ‘descendió a los infiernos’ y al tercer día resucitó de entre los muertos,…”. ¡No! Acorde al concepto de los infiernos que me enseñaron desde niño, y con el catecismo del Padre Astete, concepto que sigue siendo válido hoy, Jesús no descendió a los infiernos.
La segunda reflexión tiene que ver con que la imagen que sigue teniendo preeminencia dentro de mi Iglesia sea la de Jesús crucificado y no la de Jesús resucitado, con lo cual nos entregan un Jesús muerto; personalmente sigo prefiriendo un Jesús vivo, un Jesús resucitado.
La reflexión es tal, que el Papa Juan Pablo II propugnó por ello e invitó a hacer una 15ª estación en la devoción del Viacrucis: la resurrección; no obstante, no sé si son la mayoría o no, pero son muchos los templos que siguen con 14 estaciones y siguen siendo pocos los templos que resaltan la imagen de Jesús resucitado sobre la de Jesús crucificado.
Tercera reflexión, hace cerca de 10 años, en una conferencia, en una Universidad, monseñor Pedro Rubiano Sáenz, entonces arzobispo de Bogotá, reconocía como una de las causas del alejamiento
de fieles de la Iglesia Católica los sermones en las misas, por su extensión y por su fatuidad; personalmente lo digo con conocimiento que son muchos los sacerdotes que empiezan su plática sin la más mínima preparación y por ello se enredan en cómo seguir y mucho más en cuándo terminar.









