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Manolo Azuero
Domingo 30 de diciembre de 2012 - 12:00 AM

Punto aparte

Publicado por: Manolo Azuero

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Ya van casi cuatro años de este ‘párrafo’ que hoy acaba. Hace tres semanas en la calle 34 con carrera 13 de Bucaramanga, sede de Vanguardia Liberal, pedí una ‘licencia’ de seis meses para esta tribuna. No les había contado pues albergaba la esperanza de arrepentirme. 

Decía Neruda que “si la atmosfera no entra dentro del poema, el poema está muerto: muerto, porque nunca ha podido respirar”. Me voy por seis meses del país. Estaré muy lejos de Bucaramanga, de las voces de su gente que tantas veces han dictado las notas de esta columna. No podrá respirar más esta tribuna las calles de la ciudad que nos desvela. Y antes de dejarla aspirar una atmósfera lejana que no a todos nos interesa, prefiero permitirle descansar.

Mi columna habla de Bucaramanga, de su dirigencia miope, de la urbe caótica, de las promesas con las que la política encanta y engaña a la gente, de la impasible indiferencia de tantos frente a la evidente debacle de lo público, del desdeñoso ejercicio del poder, del periodismo pusilánime que oculta la verdad para maquillar al poderoso de turno. Sería disonante dejar que algo muy distinto se escriba en sus líneas, así me llamen “pesimista”. Este último, un rótulo recurrente para objetar la ciudad que aquí se ha narrado y al que quiero responder antes de iniciar esta prolongada pausa.

Respeto las críticas que le dan sentido al ejercicio de opinar, pero advierto con lacerante sorpresa a quienes me han maltratado por contar la Bucaramanga que sabe a vinagre. No es que me guste el vinagre, todo lo contrario, lo detesto y por eso no me lo paso en silencio, así esté chorreado en un delicioso arequipe florideño.

Reconozco la ciudad pujante, de incansables trabajadores, de emprendedores y empresarios exitosos, también su vertiginoso crecimiento económico y el peldaño arriba en la escalera de la prosperidad frente a otras ciudades de la sufrida Colombia. De esa Bucaramanga próspera he oído hablar siempre, pero no tanto de la otra ciudad que me desconcierta y que creo se debe narrar más, esa misma que avergüenza a los “optimistas”, pues poco la quieren entrometida en sus conversaciones.

Hablo de la ciudad de parques abandonados, aquella que se construye para los carros y no para los peatones, esa de andenes invadidos por el contrabando, de ética marchita y florecida ilegalidad, de alcaldes demagogos que nadie añora cuando se han ido, la del erario malgastado, asesores apoltronados y concejales embriagados por la burocracia, la de barrios sumergidos en la pobreza y servicios públicos mal prestados a los menos favorecidos. Esa donde la función pública agoniza ahogada en un mar de intereses particulares. Yace ahí mi “pesimismo”, que en realidad es mi anhelo por una ciudad que se reconozca a sí misma.

Quisiera encontrarme con cada uno de ustedes y darles las gracias por regalarme su preciado tiempo. Hasta pronto. @ManoloAzuero

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