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Puno Ardila
Lunes 13 de mayo de 2013 - 09:27 AM

Sueños y utopías

Publicado por: Puno Ardila

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Pensando en lo que todos deseamos, y que tal vez ocurra en La Habana, sería importante que, después de firmar la paz, se definan algunos aspectos que puedan hacer más duradera esta tregua, y que cimienten una verdadera interacción humana.

La educación debe ser obligatoria, como es obligatorio el servicio militar, y este debe convertirse en servicio social, del que no pueda escurrirse nadie por tener con qué pagar una libreta de segunda; quien tenga problemas físicos para el servicio en las filas, debe prestar servicios sociales con sus capacidades mentales.

Debe capacitarse a los actuales gobernantes. Quien aspire, por ejemplo, a una curul en el Congreso, debe presentar un examen de capacidades, comenzando por lectura y escritura. Quien quiera ser gobernador, debe presentar un examen para demostrar no que sabe pegar avisos, arengar en las plazas, hacer política, lo que mal llamamos nosotros ‘politiquería’, sino que demuestre que tiene la capacidad de administrar los bienes públicos de una región.

Que los ministros, para serlo, demuestren su capacidad en el manejo del tema de su cartera; claro que pueden ser ministros de Salud un abogado, de Cultura un militar y de Defensa un médico, pero deben demostrar primero su idoneidad. Lo mismo en cualquier cargo público, que el profesional se desempeñe en un cargo pertinente. Y que los concejales aprendan a leer y a escribir. Es gravísimo que tantas personas en este país formen parte de los ayuntamientos sin siquiera conocer las letras, y sin que tengan la capacidad ni la disposición para leer ni una estampilla.

Si hubiese una política cultural y la gente supiera leer, no se consumiría tanta porquería en la radio y en la televisión, y el pueblo entendería, y apoyaría, y votaría bien: uno de los hechos graves de Colombia, que se insiste en la ignorancia del pueblo, y encima de todo se le pone a que elija a sus gobernantes a cambio de un tamal. El pueblo debe elegir a sus gobernantes, pero antes, también –como los gobernantes– tiene que aprender a leer.

El origen del conflicto en Colombia es el desequilibrio social, generado por la corrup-ción administrativa, burocrática y política, y esto debe cambiar. Una paz sin cimientos en una reforma social no tiene sentido más allá de celebraciones tan ridículas como efímeras.

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