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Lunes 28 de Noviembre de 2011 - 12:01 AM

Notas para el nuevo alcalde de Piedecuesta

Columnista: Puno Ardila

Desde hace un tiempo, quienes viven en Piedecuesta, o quienes circulan por la autopista hacia Floridablanca, se quejan por la repavimentación inacabable que alguna empresa está ejecutando con las tres velocidades del burro, y en horarios de oficina, así que el trancón es absolutamente feroz algunos kilómetros antes de donde venga el piquete de los poco ágiles obreros.

Pero Piedecuesta es un buen vividero, y el trancón, un mal menor, aunque no se justifique esta obra. Citemos problemas mucho más complejos, que pueden solucionarse, claro, pero falta voluntad política.

Uno es que pululen peligrosas pandillas juveniles, anidadas en los colegios mismos, que mantienen intimidada a la población a punta de cuchillo, mientras la Policía tiene que disminuir la vigilancia por andar a la pata de quienes encienden fuegos diarios y atentan constantemente contra el medio ambiente.

Una de las características importantes de Piedecuesta, al margen de estas dos condiciones enunciadas, es que se mantiene con perfil y ambiente de pueblo, con todo lo bueno que tiene el campesino, pero también con su terrible hábito de quemar el barzal seco, y encimarle a la hoguera su basura, incluidos los productos plásticos, que aumentan de manera considerable la polución que se percibe por la nariz, como el olor del combustible quemado que deja la autopista todas las mañanas, cuando el aire cambia de temperatura.

Las empresas públicas se suman a lo de “ambiente de pueblo”, pero no para bien. Por lo menos un servicio deja de prestarse en algún momento de la semana.

Cuando llueve, se suspende el agua, porque se crece yonosecuál río, y el acueducto de Piedecuesta no está preparado para eso; así que cuando llueve, toca alistar peroles, porque el agua se irá. Por las mañanas, una o dos veces a la semana, se interrumpe Internet, porque están haciendo adecuaciones (son muchas en el año, sin duda). Y la energía eléctrica: esa sí que es grave, porque la Electrificadora (aunque la comunicadora de la empresa insiste en que la Electrificadora no se llama así) no ha podido cambiar el sistema de cañuelas, que por obra y gracia de cualquier chiste natural hace que se suspenda el servicio una y otra vez a lo largo del día o de la noche, y eso que se cuenta con la asistencia de los “subecañuelas”, que deambulan en su moto con el “rifle” telescópico. Pero así, es mejor que en áreas rurales, donde pueden pasar semanas, y hasta meses, sin que se aparezca uno de estos personajes a restablecer el flujo de energía.

Autor:
Puno Ardila
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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