Es el título de una crónica publicada en la revista Semana No. 1577 del pasado mes de julio, donde se refieren los aspectos dramáticos y dolorosos que han tenido que padecer en el transcurso de estos últimos años las familias de unos distinguidos servidores judiciales y un coronel, víctima de la narco-guerra parocinada por el Patrón del Mal, Pablo Escobar Gaviria. Los jueces Tulio Manuel Castro Gil y Mariela Espinosa, el magistrado Gustavo Zuluaga y el coronel Jaime Ramírez pagaron con su vida el haberlo enfrentado, los primeros con la ley, y el último con las armas de la República, al que llama la citada revista “... el criminal más buscado del mundo...”, para ese momento. El aspecto a destacar de este documento periodístico, fruto de una documentada indagación, es la cruel realidad afrontada por sus familiares ante un Estado indolente, unos funcionarios que no actuaron oportunamente para culminar con éxito las investigaciones por estos crímenes y la nula respuesta a sus reclamos indemnizatorios, para compensar en algo el inmenso daño ocasionado que aún persiste.
Con seguridad muchos de los que leyeron el artículo citado ya lo olvidaron; tenemos la desgraciada costumbre de olvidar muy pronto. Se ha entronizado entre nosotros el “síndrome de la asimilación”, que permite soslayar estas tristes vivencias como algo de “normal ocurrencia” en esa época aciaga para la Nación. Pero lo más lamentable de estos episodios es la ausencia de respuesta de quien debería darla: los gobiernos que no asumieron como propias esas causas. Estas circunstancias desafortunadamente calan entre las gentes que con razón pueden preguntarse si vale la pena sacrificios de esa magnitud, resarcidos con la indiferencia y en muchos casos con la apatía.
No significa lo anterior complacencia con los criminales o tolerancia con el delito. Es que la “filosofía” del delincuente es diferente a la del hombre bueno y honesto. Para aquél la muerte es un episodio cotidiano fruto de su perversión; para el virtuoso es su holocausto. Dudo que los hijos de estos abnegados y probos mártires se identifiquen en la hora de ahora con la frase del poeta latino Horacio en sus Odas Líricas, II del Libro III: “Dulce et decorum est pro patria mori”. Bueno y bello es por la patria morir.

