Publicado por: Rafael Gutierrez Solano
Esta conducta es definida por cualquier diccionario de la Lengua Española como la aversión que se experimenta hacia una persona o una cosa. Podríamos agregarle que ese comportamiento es extensivo a otras situaciones que se presentan en el medio, cuando en términos de sociedad alguien ejerce un liderazgo que una gran proporción de ciudadanos acatan y ese dirigente para conseguir sus propósitos, incuba el odio como mecanismo de ejercicio de poder.
En estas condiciones referidas, la comunidad está en grave riesgo, y lo está, porque lo anterior trae aparejado conductas que pueden derivar, como reacción a los que se odian, en actitudes intolerantes, criminales o de destrucción que se identifican con la sentencia por todos conocida: divide y reinarás.
Los pueblos que hacen parte de esta región latinoamericana, para infortunio de los que en ella conviven, adolecen de una cadena de necesidades vitales insatisfechas, aplazadas durante años y frente a las cuales no se vislumbran soluciones, al menos de manera mediata. Pero el remedio a tantos males atrasados no puede ser la destrucción de lo que no se ha hecho, como son las bases de una sociedad tolerante y democrática, por más que esos cimientos, la historia los identifique con las personas a quienes no se quiere o se desea apartar del camino. Como alguien advirtió hace algún tiempo: el líder debe tener bien claro que una cosa es que se le endilgue que partió la historia en dos, y otra, a la sociedad en dos.
No olvidemos que las pasiones, los afectos y el temperamento contemporáneos nos muestran un ciudadano continental radicalmente distinto al de hace varios decenios. La herencia de comunidad y solidaridad que legaron nuestros próceres de verdad a estos países, se ha venido desmoronando paulatinamente, pues el estilo para imponer políticas de gobierno o cambios sustanciales, es al unísono, la fuerza y el odio. El tema del odio se ha incubado de tal manera entre las personas en circunstancias cotidianas, que traigamos a colación el simple hecho de querer arreglar una controversia cualquiera. Para solucionarla hay que dejar a un lado el odio, porque quien lo patrocina procura su ruina, pero antes de eso, busca la ruina de los demás. Debemos tratar de derrotar el argumento de Voltaire cuando afirmaba que “los hombres son como los perros rabiosos: no se les puede hacer el bien, sin correr el riesgo de que nos muerdan”. El problema del odio, es del que odia.









