Publicado por: Rafael Gutierrez Solano
En el mundo católico se recibió con sorpresa pero gran beneplácito la elección del arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa, circunstancia que se deduce de los innumerables escritos, editoriales, crónicas, entrevistas, etc., que han ofrecido los versados en estos temas de elecciones papales.
Quizás los menos satisfechos fueron los apostadores, los vaticanistas y la poderosa y medieval curia romana, que quiso imponer un pontífice italiano o europeo, olvidando que en América Latina se encuentran más del 40% de los seguidores de la Iglesia Católica.
Este primer papa latinoamericano está sintonizado desde el momento de asumir la investidura de cura hasta la de Sumo Pontífice con la misión de Jesús que se predica en los Evangelios, cual es la de entrega y servicio a los demás, en particular a los más necesitados, muy distante del poder mundano, el boato, el protagonismo profano y demás vanidades que han llevado a la Iglesia a aislarse del mundo, erosionando el mensaje cristiano y la fe, y de contera, produciendo una deserción inmensa de feligreses de este culto religioso.
El nuevo Vicario de Cristo siempre ha predicado con el ejemplo: su obra pastoral y social es bien conocida, ha sido un crítico constante y sin temores de la trata de personas, la drogadicción, la esclavitud laboral, el capitalismo salvaje y la falta de diálogo entre los gobiernos y la comunidad para enfrentar los problemas que a diario los agobian.
La coherencia que toda su vida ha practicado comenzó desde que saludó a los fieles en la Plaza de San Pedro: vestido austero, porte amable y no arrogante, evidente liderazgo en sus profundas reflexiones allí enunciadas, lo cual se identifica con el legado del santo que escogió para su nombre, Francisco de Asís, siempre recordado por sus votos de pobreza, humildad y fe.
Los creyentes y demás congregaciones religiosas que se aglutinan alrededor del mensaje cristiano, vemos una luz en ese camino sembrado de abrojos que comienza a transitar el papa Francisco, que él no ignora como deducimos de aquella frase que pronunció el año anterior cuando el escándalo de los Vatileaks: “El arribismo, la vanidad, lo mundano, son los peores pecados de la iglesia”.
A estas alturas de la partida ¿qué estarán pensando los Cardenales Tarcisio Bertone y Angelo Sodano, artífices de la lucha de poder en la Curia Vaticana? Seguramente meditarán sobre el mensaje de Francisco al cuerpo cardenalicio: Que Dios los perdone por los pecados que han cometido.









