Publicado por: Rafael Gutierrez Solano
El escritor español Ángel Ganivet, precursor simbólico de la Generación del 98, quien murió muy joven al suicidarse en Riga, capital de Letonia, cuando ejercía como Cónsul, en su destacada obra Idearium Español intentó interpretar la esencia de la sociedad hispánica. Al referirse a su tierra como virgen dolorosa rodeada de la cultura positivista y escéptica del siglo XIX, expresó lo siguiente de los funcionarios estatales:
“Es costumbre hablar mal de los funcionarios que desempeñan destinos poco o nada útiles para la marcha aparente del Estado y se considera como ideal de una buena administración la ausencia de parásitos que en opinión de los mismos censores, no solo dañan por lo que no hacen y por lo que no dejan hacer, sino más bien por lo que complican el engranaje administrativo y dificultan su ordenada marcha. Error grave del que deben huir los estadistas deseosos de fundar instituciones duraderas, pues ninguna sociedad puede subsistir sin el parasitismo”.
Estas aseveraciones conservan plena actualidad y vigencia debido a que si bien es cierto lo que se acostumbra a llamar peyorativamente burocracia, esa clase social que forman los empleados públicos, en muchas ocasiones contribuye al entrabamiento de la actividad estatal por no cumplir cabalmente algunos de ellos con sus deberes y obligaciones, también lo es que tales servidores son indispensables para desarrollar la función pública a cargo de todo Estado organizado.
Si reparamos en la historia comprobamos cómo la actividad administrativa en la época romana se ejercía a través de diferentes cargos jerarquizados que se ocupaban de las tareas más disímiles. Los oficios públicos estaban a cargo de ciudadanos calificados que conformaban una élite aristocrática con responsabilidades estatales complejas y precisas, como ocurría con la labor de los censores y cuestores del Imperio.
Nuestra Constitución Política dedica un capítulo titulado “De la función Pública”, que hace parte del título referente a la Organización del Estado, cuya pretensión fue darle entidad a la figura del servidor público, mostrarlo como un ciudadano útil para la Nación, rescatarlo del ostracismo y dignificarlo, asimilándolo a lo que en épocas pretéritas significaron esas tareas en las grandes civilizaciones de las cuales hemos tomado buena parte de sus instituciones.
El calificativo de parásitos o inoperantes que estigmatiza a muchos empleados del Estado, debe reivindicarse por el de servidores aplicados y diligentes, probos y honestos, indispensables para las labores públicas, derrotando la frase de Balzac quien afirmaba que “la burocracia es un mecanismo gigante operado por pigmeos”.









