Publicado por: Rafael Gutierrez Solano
Alguna vez le preguntaron en una entrevista al ex presidente Alfonso López Michelsen, cuál era según él, el máximo de la miseria, y respondió: “no estar satisfecho con nada...”.
Esta reflexión puede aplicársele al señor Iñaqui Urdangarin, esposo de la infanta Cristina de Borbón, hoy desprestigiado duque de Palma de Mallorca, puesto en la picota pública por cuenta de las imputaciones que le ha formulado el juez José Castro, al frente de la instrucción del caso Nóos, que investiga una trama de corrupción donde está involucrado este personaje en compañía de su ex socio Diego Torres, quienes aprovechándose de la vinculación del primero con la Casa Real española, firmaron una serie de contratos con las administraciones de las Islas Baleares y la Comunidad Valenciana para la organización de eventos deportivos, negocio que al parecer le generó un perjuicio al erario de al menos 6 millones de euros. Los delitos que se les han imputado son de tal gravedad, que ha puesto a la misma monarquía en aprietos. Hasta la misma Infanta ha sido citada en el proceso judicial y será la Audiencia Provincial la que decida su suerte.
Esta truculenta historia refleja cómo en ciertos casos a las personas que las ha rodeado la fortuna, no les es suficiente con todo lo que la vida les ha prodigado y lejos de contentarse con llevar una existencia comodona y fácil, donde nada les cuesta, aprovechan sus privilegios para cometer tropelías, dar malos ejemplos y socavar los cimientos de una institución milenaria que durante muchos tiempos fue reverenciada por sus súbditos, pero que ahora con estos comportamientos más otros endilgados al mismo Monarca, se encuentra ubicada en los niveles más bajos de aceptación, como se aprecia en artículos de prensa como el de Patricia Villarruel Gordillo escrito para El Tiempo el 7 de abril de este año, donde afirma: “En España ha desaparecido esa casta de intocables a los que no se podía sentar en el banquillo”.
Criticable circunstancia que se presenta no solo en España, sino en otras sociedades como la nuestra, donde la comunidad ha sido testigo de individuos que sin tener esos arraigos principescos, han hecho uso indebido de sus posiciones de poder, malversando el patrimonio público, cometiendo peculados, desfalcando las rentas del Estado, eludiendo mañosamente a la justicia y pretendiendo después posar de víctimas y no de victimarios. La sociedad ya no les cree ni siquiera a los príncipes, porque como decía Séneca, “importa distinguir entre el que no quiere pecar y el que no sabe...”.









