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Rafael Gutierrez Solano
Jueves 25 de abril de 2013 - 12:00 AM

Amigo y maestro

Publicado por: Rafael Gutierrez Solano

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El poeta y novelista francés Jean Cocteau, al fallecer uno de sus mejores amigos, expresó: “Tuve la fortuna de decirle en vida lo que todos le reconocen después de muerto...”. Guardadas proporciones, algo similar me ocurrió con el maestro Alfonso Gómez Gómez, aunque tengo la certeza que por tratarse de un hombre público, muchas personas y personajes le expresaron durante su fructífero periplo vital manifestaciones de reconocimiento y aprecio, destacando su obra como jurista, político, gobernante, humanista y profesor.

Volviendo a Cocteau, gocé del privilegio de su amistad durante muchos años, en particular en la época final de su existencia. En ese tiempo, fueron innumerables los espacios en que le expresé mi admiración por su trayectoria y la disposición para servir a los demás; su legado espiritual y cultural que trasmitió en la cátedra a cientos y cientos de estudiantes, hoy profesionales, que añoran su claridad de pensamiento y pulcritud en las ideas. Recordaba permanentemente con gran regocijo su obra magna: el Instituto Caldas y la Unab. Allí se sentía como en casa, pues independiente de los honores que la vida pública le dispensó, su condición de maestro fue un blasón del que constantemente se enorgulleció.

Los escenarios que compartimos con más asiduidad fueron la Academia de Historia de Santander, institución que quiso y defendió con firmeza como su Presidente Honorario y el Grupo Fundadores del Club del Comercio, tertulia constituida hace más de 40 años por notables de Santander, reunión a la que asistía todas las semanas, animándola con sus anécdotas y memoria prodigiosa, presidiéndola hasta el día de su infausta desaparición.

Para los santandereanos en particular, y los colombianos en general, el nombre de Alfonso Gómez Gómez quedará grabado en la historia de este país como el norte que guiará a las personas de bien. Fue y seguirá siendo una figura emblemática de lo que debe ser un buen ciudadano, un hombre correcto, un servidor público impoluto, respetuoso y tolerante con sus semejantes, pero afirmativo y de carácter en sus decisiones, sin ser arbitrario.

En lo cotidiano practicó la frase del poeta latino Terencio que él mismo cita en su obra “Apuntes para una Biografía”: “He aquí una de las normas que considero de mayor utilidad en la vida, nunca exceso en nada”. En compañía de mi esposa María del Pilar y nuestras hijas Lina María y Antonieta, nuestra gratitud por la amistad y cariño con que nos honró, extensiva a su familia, y la seguridad que guardaremos su memoria y ejemplo para siempre.

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