Sábado 18 de Mayo de 2013
Raul Pacheco
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Sábado 28 de Julio de 2012 - 12:01 AM

El padre Jose Hipólito Rojas

Autor: Raul Pacheco

Era un hombre cordial, bueno, sano, campechano en su trato y con una vocación religiosa nacida en el ambiente de Pamplona,curtida en su religiosidad y construida como un convento medioeval. Allí nació y se crió, siempre con la mirada en el más allá, en el otro mundo, en donde estaba Dios esperándolo, tanto para juzgarlo como para aceptarlo en su seno. De ahí que su juventud no recibió los soles de esas fiestas cargadas de tragos, de mujeres, sino que todo era devoción, biblia y recato. Así que la vocación religiosa formaba parte del paisaje. Llegó a Bucaramanga como capellán del hospital de San Juan de Dios, cuando era la única clínica que existía en la ciudad. Y de allí fue promovido a la parroquia de San Pío, que fue para él la plenitud, pues le dio la oportunidad de convivir con mucha gente que lo quería, que le simpatizaba por su trato llano, sencillo, cercano. Era un pastor rural en una ciudad a medio hacer. Sus sermones no eran piezas literarias, ni tampoco antologías de elocuencia eclesiástica, pero sí llevaban el mensaje fresco del Evangelio, sin contaminaciones teológicas. Y muy buena conducta a nivel personal, sin avances en ningún sentido, bien sobre las señoras o las niñas o los niños. Todo un pastor. El quiso hacer de su barrio una parroquia y lo lograba en la medida en que todos lo consideraban un santo, tanto por su devoción, como por la plenitud que demostraba, cargado de esa  esencia de la divinidad. Al él se le debe la construcción del templo, con ese aire moderno y fresco. Pero dentro de la sotana habitaba también un hombre que no vivió  la juventud, que no se metió en el mundo de las novias, de las fiestas, del encanto de la mujer que arde, que escuece y que si no se manifiesta, abre afluentes que tarde o temprano se manifiestan, a destiempo. Como le pasó al cura Rojas, porque al tiempo que iba celebrando los ritos de su religión, le iba echando el ojo a la monja que lo auxiliaba y llegaron a las alturas de un amor incomprendido, porque el celibato le cortaba las alas y el pobre cura suspiraba por la monja y al calor de los vinos de la consagración, muchas veces desfallecieron de amor al borde del altar y,  cuajó  luego en frutos que hicieron crecer el hábito que escondía la semilla de ese amor, que podía ser santificado por el señor, pero que los cánones de una Iglesia deshumanizada no le permitían. Cuando la feligresía se dio cuenta, se armó el escándalo, llegó el cuento a oídos del obispo y el pobre cura Rojas tuvo que liar bártulos con la monja embarazada y su hijo en  las entrañas, como fugitivos, a buscar  asilo en El Socorro. Ver completo raulpachecoblanco.blogspot.com

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