Sábado 1 de Noviembre de 2014
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Raul Pacheco
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Sábado 22 de Diciembre de 2012 - 12:01 AM

José María Gutiérrez De Alba

Autor: Raul Pacheco

Yo quedé encantado con el personaje. Un poeta venido de Europa, concretamente de España, para meterse en el barro de Concepción, o la Concia, como dicen los rovirenses, en pleno siglo XIX, no para leer poemas o hacer literatura, sino para enseñar agricultura, se salía de  todo marco de referencia. Pero el general Solón Wilches, fiel a su “despotismo ilustrado”, se le antojó crearle casi una universidad a su pueblo. Y entonces  fundó el Instituto Agrícola. Y se llevó un grupo de profesores extranjeros, entre los cuales había belgas y alemanes, para regentar las cátedras correspondientes. Y para poner al frente de ese programa redentor para la región, escogió a don José  María Gutiérrez de Alba, un español salido quien sabe de dónde, presentado como un científico que podía redimir a García Rovira de su ancestral pobreza. Todo sería leche y miel en la región rovirense. Como esa historia comarcana y nacional de ese siglo es tan exótica, original y pintoresca, escribí una biografía satírica del general Wilches. Y ahí fue cuando topé con el personaje. Un letrado que se iba a Concepción a enseñar agricultura a jóvenes que más sabían de ella que el mismo Don José María. Pero lo más exótico era que había más profesores que alumnos. Y ahora se viene a saber que ese exótico personaje era un espía, pagado por el Gobierno español, para vigilar los movimientos del Gobierno colombiano durante el periodo radical que nos llevó al federalismo, al Estado laico y al imperio de la ciencia. Y Don José María no solamente era un poeta, sino que se dedicó a dibujar la flora y la fauna del país, y los fue estampando en cuadernos que dejó a sus herederos. Y no sabemos cómo los herederos se contactaron con  Villegas Editores, quien los negoció y se propuso editarlos.


Dice Fernando Gómez Echeverry, El Tiempo, diciembre 8 de 2012, que se trata de más de 400 dibujos sobre paisajes, chirimoyas, mangos y flores, lo mismo que pájaros y restos arqueológicos. Por lo tanto, Don José María Gutiérrez de Alba como espía  era más peligroso que un colibrí, como agricultor era un mal poeta  y como investigador un estupendo dibujante. En su discurso de posesión del colegio Agrícola de la Concepción diría, en 1880, “En efecto, señores, el agricultor que apoyado en sus conocimientos, ya, por decirlo así, a obligar a la naturaleza a producir en cantidad y  en calidad frutos superiores a los que produce espontáneamente, tienen que ser dueño de los variados resortes de que puede valerse para producir estas maravillas, sin lo cual le sería de todo punto imposible conseguir su propósito” (El León del Norte, pág. 214, Sic,2002).  Los variados resortes que tenía Don José María iban a producir la maravilla de ver a García Rovira como todo un imperio agrícola. Y se ve claro, también, que de existir Don José María, hubiera sido el preciso para convertir en una autopista la carretera a Málaga. El Instituto Agrícola duró lo que una empanada en la puerta de una escuela y los laboratorios y toda su estantería macondiana vino a parar a Bucaramanga, para inaugurar las épocas de la Regeneración.

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