Sábado 20 de Septiembre de 2014
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Raul Pacheco
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Sábado 16 de Marzo de 2013 - 12:01 AM

El balcón del Papa

Autor: Raul Pacheco

Cuando estaba en bachillerato leía un libro titulado “El  Imperio de Balcón”, que se refería al caso de Benito Mussolini, quien se embriagaba con la palabra en el balcón del palacio presidencial. El Duce se paseaba como dueño y señor de la palabra y de las multitudes, con su gesto rampante, su mentón apretado, las manos sobre la cintura y el ademán  fiero. Era la locura. Y pronto adquirió  un discípulo: Adolfo Hitler, quien también tomó el balcón como la síntesis de su accionar político. Allí se encontraba con el pueblo y armonizaban sentimientos y pasiones. Con esa voz metálica y el bronco tono alemán se posaba en el balcón como un ruiseñor de mala ley. Y la gente se impactaba con los gestos del Führer y su palabra como en la canción mexicana, era la ley. Eran verdaderos maestros en el balcón y tuvieron imitadores en todo el mundo. Aunque ideológicamente no casara con Mussolini, sin embargo Gaitán cuando llegó a Colombia desde Roma, intentó también hacer su imperio de balcón. Y con mucha fortuna. La vespertina de todos los viernes en Bogotá eran las arengas de Gaitán en la plaza de Bolívar. A la Patagonia también se fue el fascismo encarnado en la versión peronista del justicialismo. Con un agregado en la escena y que fue la figura carismática y bella de Evita, con quien compartía el balcón. Recuerdo el día en que se reunieron en la plaza de Mayo para escuchar al caudillo y la gente de irrumpió a decir que querían a Evita como vicepresidenta. Fue un estremecimiento telúrico: pero con la misma fuerza con que el pueblo la pedía, Perón se cerraba a la banda y no aceptó la imposición del pueblo. Y faltaba otro consumado maestro del balcón como Hugo Chávez, quien se eternizaba en la palabra dejando embelesados a todos con el milagro de su palabra, de sus cantos, de sus recitaciones, de sus oraciones, porque de todo hacía en la tribuna. Por eso cuando vimos al nuevo Papa en el balcón, se nos abrió un vacío inmenso porque pensábamos encontrar al verbo hecho carne, el manejo del lenguaje para cautivar a aquella enorme multitud que lo vitoreaba: y él parado ante la multitud callado, en un silencio sepulcral en donde la palabra de Chávez, de Hitler, de Mussolini, de Gaitán reclamaba el verbo, el nuevo Papa callaba. Uno casi que empujaba al nuevo Papa a que dijera algo, pero él se mantuvo en lo suyo y nos  enseñó  que el lenguaje de la religión no es el mismo de la política y que la elocuencia, si cabe, es de otra estirpe y no de la arenga incendiaria. Los cardenales tuvieron que irse hasta la Patagonia para encontrar Papa, les dijo con el humor de quien está por encima de las vanidades y luego agachó la cabeza para que la multitud lo bendijera.

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